" cinódromo
Powered By Blogger

lunes, 10 de junio de 2013

Amén/ Constantin Costa-Gavras/ Francia 2002



 
Los dramas históricos contemporáneos de connotaciones políticas a Costa-Gavras se le dan muy bien. En este caso, sin embargo, hay algún pero que comentaré después.
El tema de la peli es el secretismo con el que el régimen nazi llevó a cabo el holocausto judío (y de otros pueblos, como el gitano) durante la segunda guerra mundial. En un primer período el secretismo funciona, pero pasado un tiempo, y cuando el exterminio se hace masivo, no se consigue tapar más porque comienza a haber fisuras por las que se filtra la verdad, aunque sea en forma de siniestra mirilla (tarde o temprano tenía que ocurrir porque tal empresa, tan grande y monstruosa, no podía ocultarse durante más tiempo); aquí cobra protagonismo un teniente, químico, de las SS que se encarga, sin pretenderlo (gran ironía), de hacer el gas que se utiliza para exterminar a los judíos. Ese teniente es católico y cuando ve en propia persona un capítulo del  holocausto se conmueve profundamente por sus convicciones religiosas católicas; es entonces cuando quiere, desde dentro, hacer llegar la verdad al papa por medio del nuncio del Vaticano en Berlín. Sólo un padre Jesuita, Ricardo, le hará caso y querrá ayudarlo.

Me gustó lo que representa Ricardo, la verdadera conciencia de la iglesia, en contraposición con la hipocresía e intereses mundanos (políticos) de la cúpula católica que actúa sólo con pragmatismo, y del mismo papa. Aquí, y mientras los nazis van ganando, se nota que los verdaderos enemigo de la fe católica son los comunistas, con Stalin como abanderado. Si los nazis se pueden deshacer de ellos en la guerra, no hay motivo para hacerles oposición pudiéndose hacer la vista gorda…


La postura del teniente es noble. Querer ayudar desde dentro para ser un testigo fiable y luego denunciarlo está lleno de buenas intenciones, pero no deja de ser una postura peligrosa, como se puede ver al final. Una pregunta que me hago es por qué no abandonó a  los nazis una vez supo lo que hacían. ¿Tendría miedo a que lo cogieran desertando o a que su familia sufriera las consecuencias? Puede haber algo de eso, pero el quedarse era arriesgarse a que después le tomaran por un nazi más que ayudó al exterminio (y más siendo el responsable de hacer el gas con el que mataban a los judíos – Aquí hay un tema parecido al de la peli El lector… la culpabilidad en el nazismo por la postura que pudieras haber tomado, casi siempre limitada por las circunstancias que te habían tocado vivir –)… otra ironía de lo que se cuenta: el compañero de las SS era un capullo nazi convencido, aunque en las conversaciones con el teniente dejara caer ciertas dudas ambiguas que le daban al personaje un evidente atractivo, sin embargo al final se puede salvar por su sagacidad, todo lo contrario de lo que le pasa al teniente. Uno actúa como hombre bueno, pero no piensa en las consecuencias de su compromiso (por lo que no deja de ser imprudente); el otro actúa como un hombre malo, pero es inteligente para conservar su vida… 


 


Y finalmente comentar que el tema de la peli (el secretismo con el que se llevó el exterminio, sobre todo al principio, antes incluso de los rumores generalizados que ya constataban prácticamente lo que se venía haciendo, y ese interés porque se diera a conocer en los ámbitos de poder en los que se podía denunciar y hacerlo de dominio público, caso de la iglesia católica, a pesar de que esta institución tenía que saberlo: el servicio de inteligencia del Vaticano era uno de los mejores que había, algo que se dice en la peli y que hace que los propósitos de hacerle llegar el mensaje resultasen sino inútiles al menos poco convincentes para darles un protagonismo tan grande) se hace algo cargante y no tiene el recorrido ideal que le quieren dar; eso hará que la sensación de alargamiento sea evidente y que produzca cierta modorra por su monotonía, hecho que hará que aburra un poco, aunque el film de Gavras no deje de estar muy bien contado, sea ágil y tenga la fuerza y presencia características de su obra.

miércoles, 5 de junio de 2013

¿Hacemos una porno?/ Kevin Smith/ Estados Unidos 2008





Siguen las constantes de Smith: cine gamberro hecho con frescura, y transgresor en los temas, aunque esta vez no tanta como en trabajos anteriores, como en el caso de Clerks o Persiguiendo a Amy, ambas excelentes. Se analiza (tampoco concienzudamente) qué es la amistad y a qué conflictos conduce si hay algo más que amistad, si hay amor y si se mete el sexo en medio de las relaciones. Se juega con la sexualidad y la doble moral, o triple, o cuádruple si me ponen. Hay buenos sentimientos dentro de lo que para muchos sería inmoralidad; es como si a Kevin Smith le pareciera lo mismo, o tuviera para él parecido significado, jugar una partida de cartas con unos amigos un sábado por la noche en la casa de uno de ellos, con cervezas apareciendo y desapareciendo sin parar, o comerse unas hamburguesas en un McDonalds un viernes por la noche con toda la familia , que hacer cualquier tipo de extravagancia sexual, sea con una pareja a la que quieres, o no (Blancanieves y sus buenos sentimientos montándoselo con todos y cada uno de los enanitos); pero esto sólo en lo que tiene que ver con la libertad y la falta de casi cualquier tipo de prejuicio sexual ya que al final siempre terminan saliendo a relucir los sentimientos, y eso interfiere en lo que parecía desparpajo descarado, una aparente naturalidad que no dejaba indiferente y no te la terminabas de creer; y al acabarse eso el asunto se vuelve más empalagoso, pero no molesta del todo ya que no deja de haber cierto equilibrio, sobre todo comparándolo con similares películas (que hay unas cuantas) que se ven actualmente en las cada vez menos salas de cine que quedan) que es digno mencionar y tiene su mérito, eso sí: no tanto como el mérito que tenían anteriores trabajos de este director tan echao palante.
 

Y sí que está bien ser liberales en cuanto a la sexualidad; pero sólo alguien que tiene todas esas obsesiones bien asimiladas y en su perfecto orden, como Smith (difícil que cualquier obsesión no tenga un orden en su ejecución), y las lleva hasta ese extremo (con una reflexión punzante y coherente de diálogos dinámicos y elocuentes) saliendo indemne, hay que aplaudirlo sin demasiadas reservas, pero esta vez no tantas (el listón era muy alto) como en sus anteriores, y mejores, películas porque la reiteración de ciertas situaciones y la interacción entre los personajes empiezan a cargar, a pesar de lo cual casi todo resulta divertido y se ve con más o menos agrado. Después de todo Kevin Smith no es como Woody Allen, que, aún repitiéndose en muchos aspectos, como lo hace Smith (las sensación de hacer ambos la misma, o muy parecida, película es patente), resulta más fresco por un ingenio desbordante y porque su complejidad está llena de propuestas que dan mucho más juego que lo que nos suele ofrecer Kevin Smith (es sorprendente el grado de parecidos que se podrían encontrar entre Clerks o Persiguiendo a Amy y muchas de las películas de Woody Allen en cuanto a que es un tipo de comedia de envoltura independiente, cine desenvuelto y refrescante, no así, ni muchísimo menos, entre cualquiera de las de Allen y esta ¿Hacemos una porno?, mucho más palomitera y tonta – en fin: mucho peor peli –) …


 
 


 … y es que en Smith hay mucha simpleza, no sólo en el lenguaje que utiliza sino en su filosofía de vida: su mundo no ofrece demasiadas dudas a pesar de las múltiples transgresiones que aparecen en sus films en lo que tienen que ver con la sexualidad, un cine  primitivo en lo emocional, fácil, a veces hasta infantil, aunque un tanto trabajado en los guiones, y bien servido. Creo que a Smith  ya se le ha pillado el punto y no podría dar mucho más de sí aunque lo intentase una y otra vez porque ese es el mundo en el que más cómodo se mueve y que mejor puede y sabe retratar, pero ya lo ha hecho unas cuantas veces: la sensación de estancamiento es elocuente y reveladora.

lunes, 3 de junio de 2013

De óxido y hueso/ Jacques Audiard/ Francia 2012



No me convenció esta película francesa protagonizada, eso sí, por una maravillosa y absolutamente convincente Marion Cotillard. Hay drama para dar y tomar de muy fácil  propuesta, algo que no deja de enfadarte no sólo por el descaro con el que se exhibe sino porque hacernos sufrir en tales circunstancias es lo más sencillo del mundo. Que produzca tristeza e impotencia es lo normal en tales casos, pero, una vez martirizados por lo injusto y trágico que tiene lo sucedido, la evolución se vuelve plana, intrascendente, insustancial. El pasotismo hermético del protagonista, Alí (el grande y musculoso Matthias Schoenaerts) y su, creo yo (así lo quiero ver), infantilismo no ayudarán a que la relación que mantiene con Stéphanie sea precisamente inolvidable por su romanticismo o la comunicación de unos sentimientos que están ahí (esto se apreciará sobre todo al final), pero que no se notan excesivamente.
 



Al protagonista le llegas incluso a coger manía por esa sosed y ese modo de vivir tan inmaduro, y no lo digo tan sólo porque se dedique a las peleas callejeras cual gallo de pelea para ganarse unas perras sino porque para él es algo importante y le gusta hasta el punto de prestarle demasiada dedicación y hacerlo con demasiado entusiasmo. Viendo videos de peleas en el ordenador con un colega de trabajo semejaba un adolescente rebelde demasiado emocionado para darle crédito.


En fin, que esta historia no me interesó porque la forma de ser del protagonista es artificial en cuanto a que es muy poco creíble y porque no entiendo como alguien que parece más maduro y con más personalidad, Cotillard, puede llegar a atraerle alguien no sólo con un grado considerable de primitivismo sino simple en su modo de ver el mundo y que comunica tan poco y tan mal lo que tiene dentro. El contraste es pretencioso y para mí no cuela. De todas formas, e intentando hacer un ejercicio de comprensión, quiero pensar que lo que le llama a Stéphanie la atención de Alí, lo que le atrae, podría ser el interés que tiene por ella a pesar de haberle ocurrido lo que le ha ocurrido, su dedicación, el trato que le brinda. Ahí hay ternura seguramente y así lo percibe ella. Ternura + fuerza= amor; tal vez esa sea la fórmula por la que ella se enamora. Eso para Stéphanie lo convierte en especial, en alguien bueno que le conviene (a pesar de la peligrosidad que una vida como la que lleva acarrea. De todos modos ella se meterá incluso a manager- apostadora para hacerle feliz y seguir con él, ahí es nada…) al que no hay que criticar por su peligroso “hobby” o por ser tan directo y descarado en ocasiones, por ser alguien que no parece tener compromisos y que sólo se interesa por él mismo (está claro que su hijo le importa, pero deja caer ciertas dudas de un modo barato), comportándose a veces mal con él, con cierta violencia, cuando éste le toca demasiado las narices (esto, naturalmente, sólo quieren hacérnoslo creer, y ahí está el truco, un truco que resulta demasiado sencillo de pillar y que ves hacia donde va sin dificultades), y siempre con un punto un tanto chulesco y pasota que crispa al más pintado. Su fuerza física y sus cojones puede que ayuden a que la chica sienta esa atracción a la que me he referido.



 


Lo que más me molesta de esta película es que no me creo la relación; me parece extrañamente inauténtica, falsa para ser más claros, vacía de arriba a abajo. Vemos una historia en la que, curiosamente, parece no pasar nada a pesar de que la tragedia que contemplamos y el sufrimiento son tan sólo cebos para mantener un interés que no es despertado por ningún otro motivo. ¿Originalidad? Sí, hay originalidad por el contraste rebuscado, pero eso no es suficiente para que convenza: originalidad no siempre es sinónimo de autenticidad. A veces se es original como si de un rara avis se tratara, como un capricho de la naturaleza, por diferente - raramente diferente - o extraño, pero eso no tiene porque ir unido a efectividad (Pragmatismo, coherencia) o belleza (equilibrio). Eso sí, la parte final arregla un tanto el desaguisado, aunque entre en terrenos más conocidos y sea más convencional (lo que para otros sería la peor parte. La mejor sería esa trasgresión del romanticismo que se hace tan burda) y no está mal, pero no hasta el punto de considerar que hayamos visto ninguna maravilla, desde luego. ¡Qué diferencia entre la extravagante relación de los protagonistas de Malas Tierras, de Terrence Malick, y la que mantienen Alí y Stéphanie en De óxido y hueso! Para mí los “extraterrestres” de Malas Tierras ganan por goleada, si bien es cierto que en De óxido y hueso sólo uno de los dos es el “extraterrestre”, con “arreglo” final para que el componente marciano no sea tan cantoso.

PD: @ngel, siento haber visto la peli de un modo diferente al tuyo. No siempre se puede coincidir  :-D  Un saludo y gracias por recomendármela de todos modos.



martes, 21 de mayo de 2013

La soledad del corredor de fondo/ Tony Richardson/ Gran Bretaña 1962



Me ha gustado mucho la frescura con la que retrata Tony Richardson, representante de la que se dio en llamar corriente Free Cinema inglés, el mundo de la juventud, la delincuencia, el futuro y la reinserción social.

Hay una alegoría interesantísima en el título. La soledad del corredor de fondo es correr sin una meta concreta, como dirán en el film, y eso podría estar diciendo algo así como que uno vive la vida sin planes, dejándose llevar, sin ataduras y responsabilidades que te anulen desde cualquier punto de vista : – laboralmente, socialmente, institucionalmente –. Colin Smith es el protagonista que se siente así y que no tiene ningún tipo de aspiración social que pase por lo que quieren los demás, ninguna meta a la que llegar, ningún camino parecido al que recorrió su padre tristemente (en su trabajo y con su mujer, la madre del chico), que lo deshumanice y lo haga ser un infeliz en cualquiera de los trabajos en los que lo normal es la explotación y las malas condiciones laborables, donde se consigue un poco de dinero cuando ya has estirado la pata y la empresa te “agradece” los servicios prestados.




 



Hay paralelismos entre este film y La Naranja Mecánica en cuanto a la educación y la reinserción de delincuentes, con diferentes tratamientos (en la Naranja Mecánica la violencia será extrema, y la “curación” también), pero con un fondo común, y tratando temas parecidos (la política conservadora y represora en muchos casos también aparece en ambos films).

El Estado y las instituciones que lo sustentan tienen una hoja de ruta para reconducir a los que consideran una plaga, por lo menos así lo creen algunos de los miembros responsables políticos que tienen el cometido de gestionar la política penitenciaria e interior de la Gran Gran Bretaña (no me he equivocado al repetir Gran). No se mira tanto al individuo y sí mucho el engranaje social y lo establecido. Las instituciones no se preguntan tanto ni se preocupan de las condiciones de esa juventud malparada, de sus vidas y de los problemas familiares que puedan tener. En la película hay una especie de amago terapéutico, bastante chistoso, al que quiere ser sometido Smith: un simulacro crítico con el reformatorio al que va a parar el chico por el robo de un dinero en una panadería ayudado por su amigo de correrías. En el centro hay cierta disciplina y la rebeldía de Smith no es tomada demasiado en serio cuando el director sabe de las dotes como corredor del muchacho. Este hecho es aprovechado por el director para su triunfo personal, para conseguir él, y su institución, un prestigio que parece ser el único motivo por el que le mueve ese interés y atenciones hacia la promesa atlética: una reinserción a la carta interesada e hipócrita. Alguien podría pensar que así también se le está ayudando al chico… pero es que resulta que el chico no quiere eso porque no quiere ser dirigido y que se aprovechen de sus aptitudes. El director pretende que la meta del chico sea alcanzada en primer lugar para su satisfacción. Cuando ve las posibilidades lo ayuda con privilegios y atenciones que no son muy bien vistas por algunos de los compañeros del reformatorio. Smith pasa por eso por su propia comodidad y para no pasarlo mal allí dentro, y más con una actitud desafiante que es reprochada al principio por el mismo director del reformatorio, para ver qué puede salir de ahí; pero en el fondo Colin aborrece que lo traten mejor que al resto por un interés egoísta, “patriotero”, hipócrita. En el muchacho prevalece un sentimiento que podría tener algo que ver con el anarquismo en cuanto a la negación de cualquier tipo de autoridad que dirija su vida, y con el socialismo en lo que él considera clasismo por poder económico. A Colin Smith lo consideraría un anarquista en Espíritu, vital, y un socialista en lo que tiene que ver con el pragmatismo político. 



La libertad del chico será experimentada de un modo intenso, sin importarle responsabilidades que lo hagan agachar la cabeza, aunque en momentos concretos su madre le recuerde que tiene que hacer algo de provecho. Su vida fuera del reformatorio, antes de su encierro, que en la película se retrata con flashbacks integrados perfectamente en la historia, de una fluidez digna de mención, maravillosa, trascurre entre las salidas con su amigo y dos chicas con las que están saliendo ambos, y una convivencia familiar en la que se dará perfecta cuenta de las miserias de la vida que viven todos, aunque él se entretenga de una forma divertida y descarada (el robar no le importará; mejor robar que trabajar y ser como el padre – recién fallecido –) en compañía de su amigo y las dos chicas a las que acaban de conocer, mujeres jóvenes, existencialmente desencantadas y con un futuro más que dudoso en cuanto a su felicidad.
 

 



El tono de la película es simpático, no así el fondo, más bien duro y dramático. Este hecho lo dará sobre todo el que haya momentos de picaresca, muy vitales, en los que nos damos cuenta de que los muchachos no son tan malos chicos, sólo producto de una educación y de una situación que no les va del todo, y de la que se ríen (momento en la que le quitan la voz de la televisión al político – creo que al primer ministro británico – y éste parece más un payaso que otra cosa hablando y gesticulando… y los tíos muriéndose de risa, mofándose de lo que representa ese hombre y las mentiras que suelta sin disimulo, descaradamente…). La relación que mantiene con las chicas (y su amigo) es natural, sana, típicamente juvenil, emocionante y con una dosis de locura divertida, pero sin reacciones o comportamientos salidos de madre o perniciosos. Hay buenos sentimientos, tiernos (entre las dos parejas) y camaradería (entre Colin y su colega).

En definitiva: una maravillosa película británica de los sesenta, muy recomendable y difícil de olvidar si se tiene la oportunidad de ver.

sábado, 18 de mayo de 2013

Malas Tierras/ Terrence Malick/ Estados Unidos 1973




Esta historia entre Holly Sargis (Sissy Spacek) y Kit Carruthers (Martin Sheen) más que racionalizarla hay que sentirla, experimentarla desde una posición de alguien que observa las evoluciones de dos personas especiales, diferentes en casi todo al resto de los mortales. Terrence Malick hace una película magistral, retrata un mundo a parte, un microuniverso de una pareja que vive para ella misma y su locura en una relación al límite.

Los jóvenes protagonistas son dos “extraterrestres” viviendo su personalísima historia de amor, su enganche emocional que los conducirá (nunca mejor dicho ya que nos encontramos ante una road movie) a una espiral de violencia, originada y ejecutada por él, pero con el “beneplácito” de Holly, sin que en momento alguno Spoiler (No leer nada del spoiler en azul para no descubrir partes de la película), ni siquiera cuando Kit se carga al padre de la chica poco después de no aceptar el hombre la relación entre ambos Fin Spoiler (Ya se puede seguir leyendo sin problema) parezca que la mujer intenta cambiar el curso de lo que acontece.



 



Kit y Holly son dos seres únicos, con sus peculiaridades y contrastes: él con una parte chunga que asusta, pero con una simpatía y personalidad no carente de atractivo cuando el panorama está calmado y no reaparece esa locura tóxica; Holly de una sensibilidad patente para algunos aspectos vitales que remueven su interior, si bien no tanto para otros de una evidente trascendencia para la mayor parte de la gente, como su apatía en reaccionar cuando surge en su chico la violencia más atroz; una existencia la de Holly Sargis marcadamente consciente en otros terrenos, llena de preguntas y remordimiento, contemplada desde una perspectiva inocente, en la mayoría de las ocasiones inmadura (su edad también podría ayudar en esto), al vivir en un mundo de hadas que se ha convertido de buenas a primeras en un cuento de pesadilla, pero ojo: sin que a ella se lo parezca porque su chico es especial y ella así lo quiere, aunque, de esto sí, esté convencida, sea consciente, de que su travesía acabará más bien pronto que tarde, y mal.



Malas tierras es una historia durísima. Hay escenas, sobre todo la impactante en la casa del padre de Holly, cuando se juntan en el lugar padre, hija y novio de ésta, trágicas y crudas en su ejecución (a mí me parecen muy realistas), con similitudes al Lars Von Trier más descarnado, que aparecen como si nada, de repente y después de no apreciar nada que lleve a pensar que los acontecimientos se irán a torcer tanto. Una relación la de estos chicos que descoloca, sobre todo cuando se enciende la mecha, y no me estoy refiriendo en este caso a la del amor precisamente (que también, al modo de ambos) sino de la dinamita.


Otras parejas de cine con paralelismos a la de Malas Tierras: Asesinos Natos, Amor a quemarropa, Bonnie & Clyde.





martes, 7 de mayo de 2013

Raíces Profundas/ George Stevens/ Estados Unidos 1953



Antológico western protagonizado por un muy acertado, prodigioso en su contención dramática me atrevería a decir, Alan Ladd en uno de los papeles que más éxito le dieron en su dilatada carrera como actor (posee en su haber 98 títulos, en una época en la que podían realizarse en un año hasta 3 o 4 películas, ahí es nada). Clint Eastwood realizó un gran remake en el año 1985 titulado El jinete pálido, una mezcla equilibrada y efectiva, que resultó muy entretenida, entre el clásico cine del Oeste y esa tendencia surgida en los 60 y 70 llamada Spaghetti Western en la que un director como Sergio Leone era su mayor e indiscutible valor.

Me gusta todo de esta película dirigida por George Stevens, hasta esos momentos medio ñoños que se dan en la relación entre el pistolero y el niño, hijo del matrimonio dueño de la granja a la que va a parar Shane, el protagonista interpretado por Alan Ladd. Esa sensibilidad (que no sensiblería) es aceptada por la gran admiración que siente Joey Starrett (el niño rubito, tierno y simpático) por el nuevo y enigmático huésped que ha hecho acto de aparición en la vida de su familia. A ese pasado oscuro que acompaña a Shane, algo que no deja de darle atractivo por la fuerza y misterio que desprende, se le añadirá nobleza y ternura en los momentos necesarios, sobre todo en la relación de afecto que mantiene con Joey y el compromiso con la familia de éste acosada por un ganadero poco escrupuloso a la hora de intimidar no sólo a ellos sino a otros granjeros del territorio a los que quiere arrebatar sus tierras.

Una vez tome partido por los, en teoría, más débiles, nuestro protagonista será uno más entre la comunidad de granjeros que luchan por lo suyo.



Shane se querrá redimir de su pasado violento. Esa lucha interior lo hará más querido entre sus nuevos amigos (y con Joey) al haber en el hecho cierta tristeza por un conflicto con el que sabe que puede perder, perturbador por ser Shane como es y no poder ser de otra forma: la violencia y sus virtudes como pistolero forman parte de él mismo, y esa naturaleza, aunque de buenos principios, siempre puede arrastrarlo a una equivocación por una emoción que le pueda en una ocasión dada (la violencia crea violencia y ésta no se puede controlar siempre que se quiera); además: la razón no siempre está del lado de uno y esto puede hacer que se tome una decisión inadecuada...algo similar ocurrirá con otros pistoleros conocidos y plasmados en el cine, como con el Doc Holliday de Pasión de los Fuertes, un personaje con el mismo halo de misterio y temido cuando esconde hábilmente su parte más cálida y humana.



Del personaje no se sabe nada anterior a lo que se cuenta, pero se intuye. La vida de un pistolero es violenta, cruel, y no siempre se pudo haber actuado bien, aunque se pretendiera, en un mundo con sus propios códigos en los que sobreviven los más fuertes y las pistolas trabajan para el mejor postor. La redención se busca por un supuesto pecado del pasado, algo en lo que muy bien pudo haber caído Shane. ¿Arrepentimiento? Chris Calloway, protagonizado por el conocido Ben Johnson, estaba con los malos, pero se dio cuenta de su error. ¿No podía tener Shane un algo de Chris Calloway? ¿No se podía haber equivocado y haber actuado mal por el motivo que fuese? En Calloway el error es evidente y parece haberse perpetuado en él antes de su encuentro-desencuentro con Shane; pero en Shane tal vez el pecado fuese inconsciente, mal calculado o producto de una emoción violenta…quién sabe, de ahí ese hastío, esa tristeza.



Su conflicto interior lo amargará por su fondo noble al surgir dudas morales; puede que no merezca la pena seguir por el mismo camino, aunque sea para lo que mejor sirva, pues la línea entre el bien y el mal en un mundo violento es a veces demasiado fina, y el error más factible. Pero querer ser alguien diferente sería otro error, una inautenticidad con la que no podría ser feliz seguramente, con la que no viviría su propia vida sino otra. Ahora tendrá la oportunidad de ayudar a gente buena que lo necesita y que es injustamente atacada por un déspota, a un niño al que quiere dar un ejemplo de dignidad humana, de amistad, de principios y fortaleza (no le importará enseñarle a disparar y le dirá a su madre que una pistola no es mala en sí sino que podría ser mala por la utilización que se hiciera de ella – este diálogo se podía discutir mucho, y más con gran parte de la sociedad americana que estaría de acuerdo con él. Algo que suelta Shane para justificarse y darle algún sentido a su existencia -), junto a un padre valiente y una madre modélica. Los padres de Joey le enseñarán lo que es el trabajo honrado y la civilización (a pesar de que ésta sea primeriza y rudimentaria), la convivencia (a pesar de que el padre actúe con contundencia cuando hay que hacerlo en una pelea tabernaria inigualable... el padre le dará a su querido hijo un ejemplo de solidaridad y amistad cuando ayuda a Shane en la salvaje refriega que acontece en el bar del pueblo donde campan a sus anchas los “antipáticos”).



 



En Raíces Profundas hay una iconografía grandiosa. Imágenes del niño debajo de la puerta del bar con su perro viendo el duelo final (¡Y qué duelo!), miradas que se echan Shane y el pistolero malo, el que actúa sólo por interés egoísta sin importarle ningún tipo de causas, miradas mantenidas, congeladas en el tiempo sin un débil pestañeo que haga perder reputaciones consolidadas, peleas en el bar a puñetazo limpio y ese ceremonial de de intimidaciones y aguante que acontece antes del posible estallido violento, al estilo Rio Bravo, con una exquisita puesta en escena y tomas matemáticas, deslumbrantes en su ejecución; el trabajo que dan las raíces de un árbol que se clavan en el suelo y parecen llegar hasta el mismo centro de la tierra, la forma en la que Miriam (Jean Arthur en un papel hecho con la nada despreciable edad de 52 o 53 años, muy bien llevados, no cabe duda) mira a Shane, la atracción amorosa que existe entre ambos, pero que no puede pasar de deseo porque sus caminos son demasiado divergentes y uno de ellos demasiado espinoso como para arriesgar todo lo más querido (junto a Shane); todo tiene una fascinante presencia y una intensidad mágica, emocionante. El technicolor pocas veces lució tanto, como ese cervatillo inocente que observa Joey entre unas ramas cerca de su casa, y un pequeño perro nunca fue tan buen y cariñoso compañero, las pistolas atraerán y se respetarán al mismo tiempo; Joey sentirá fascinación por ese otro mundo oscuro que sabe que existe, pero que sólo con algunos elegidos, con un componente maldito añadido con el que muchos de ellos (como Shane) no se sienten a gusto y sufren, se experimenta (o sobreviven a él).







El poder visual de Raíces profundas no es nada pretencioso, no hay adornos innecesarios, es sencillo a la hora de verlo, si bien no a la hora de realizarlo, en la concepción: al parecer Stevens dirigió la película desde múltiples ángulos y teniendo mucho material para cortar en el estudio de montaje, algo que se hacía necesariamente imprescindible para concentrar la acción y no dispersarse en aspectos más superfluos o reiterativos que hicieran la película más pesada y no tan ágil como resulta. John Ford, sin embargo, hacía todo lo contrario, y el resultado era el que era, con todo el relativismo que el hecho conlleva.



¿Maniqueísmo en Raíces profundas? Los malos no son tan malos y los buenos tienen sus pequeñas imperfecciones, o lados con alguna que otra sombra, como la que se intuye en Shane. Hay ambigüedades, pero también rotundidez maniquea para que el enfrentamiento sea más peligroso, haya más heroicidad en la ayuda de Shane y en el coraje de los propios granjeros. Esa maldad plenamente oscura, siniestra, casi terrorífica la representará, como no, el pistolero Jack Wilson contratado por el terrateniente (Un Jack Palance sinuoso – no por tratar de ocultar sus propósitos, bastante claros, sino por su estilo, por la manera de mirar, de estar, de moverse –, como una serpiente venenosa)