Esta no es la mejor película de David
Fincher; está por debajo de otros de sus films como la tenebrosa Seven o la irreverente y transgresora El club de la lucha. Técnicamente es
puro virtuosismo cinematográfico, con una fotografía impecable (su fotografía
me recordó El caballero oscuro de Christopher Nolan), un manejo de la
cámara certero, equilibrado, funcional hasta el extremo y una puesta en escena
moderna y con un dinamismo que se adecua perfectamente a lo que cuenta, con un
inicio prometedor, en el que el personaje interpretado por Michael Douglas parece no ser feliz a pesar de ser multimillonario; el protagonista se ha
convertido en un hombre solitario que no vive la vida como debiera y sí se
dedica a ganar cada vez más dinero sin ningún remordimiento de conciencia en su
forma de hacerlo; si por su forma de actuar destroza una familia, o la limita a
vivir de unas rentas que él mismo les proporciona ya está satisfecho de la
“obligación” contraída, pero no aceptada por la gente a la que se le hace la oferta; es un tiburón con pocos escrúpulos y una vida triste
que lo encierra en sí mismo, un hombre sin ilusión que arrastra traumas que
tienen que ver con lo que le ocurrió a su padre cuando era niño.
Pero de un inicio interesante
pasamos, poco a poco, a la repetición de la repetición de la repetición de los
mismos efectos; la película se vuelve fría y ya sabida. Es un perpetuarse en lo
mismo que en un principio nos asombró, pero que a partir de la media hora nos
va robando el interés, no así el gas (no
pierde gas, eso es otra cosa) ya que su ritmo ( como no podía ser menos
hablando de Fincher: hay claros ejemplos de que esta parte la maneja a las mil
maravillas- pensemos sino en Alien 3,
o en El club de la lucha para darnos
cuenta del buen tratamiento del ritmo en sus films-).
The Game podía haber sido una
verdadera obra de arte si David Fincher
la hubiera tratado de otra forma, si la hubiera hecho más oscura, aunque
perdiera algo de su entretenimiento (que, me temo, ese fue el único y más
importante motivo por el que la hizo). Sí hay cierta sustancia kafkiana, pero Fincher no ahonda lo suficiente en este
aspecto, lo difumina y se centra prácticamente sólo en la acción, por lo que al
final de su visionado resulta algo plana e intranscendente, aunque no aburrida.
El juego que se traen con Michael Douglas,
que no se llega a saber qué es exactamente (sólo al final, y esto,
naturalmente, si se ve por primera vez), aunque sí lo intuyes, podía ahondar en
la personalidad y los traumas del protagonista, haciendo del conjunto una
verdadera pesadilla, donde los giros argumentales(que sí los hay, pero para
volver a lo mismo) condujeran a una nueva situación, más angustiosa y
terrorífica; lo kafkiano se convertiría en motor de una historia en la que el
personaje principal (y nosotros también) no sabría que está sucediendo y cuál
es el motivo por el que le ocurre aquello que lo está atormentando; sería
angustia vital pura y dura; pero no, Fincher
quiso seguir el camino fácil, un camino que remata en un final que aunque para
muchos es bueno, incluso genial, es un final a lo cuento de hadas, un cuento
pretendidamente oscuro que no resulta tan oscuro como pudiera parecer, o
venderse(que aquí tiene mucho que ver el marketing y la publicidad de la
película), un final feliz que te sorprende, y que está más o menos bien por
todo lo que se ha visto, pero que de haber arriesgado más podría haber sido
otro distinto y brutal, o sea: que todo lo que había pasado fuera verdad, no un
juego (el desconocer quién y por qué se metía en tu vida de forma tan
intimidatoria, como si estuvieses viviendo una auténtica pesadilla sin aparente
solución, sin concretar o mostrarnos la empresa que se dedicaba a tales
“distracciones” hubiera sido acertado a mi modo de ver), aunque en principio lo
pudiera parecer: el hijo (Douglas)
una imagen de su padre reflejada en el mismo espejo de la desgracia, que se
repetiría sin ningún tipo de esperanza; entonces sí que estaríamos hablando de
otra cosa, con un proceso catártico del protagonista descrito de una forma
mucho más densa y pensada…pero eso hubiera sido otra película seguramente, la
que me hubiera gustado ver a mí y que tal vez en ningún momento se le pasó por
la cabeza a David Fincher porque lo que
él quería era entretener, algo que consigue, pero sin deslumbrar.
Reconozcamos que a pesar de todo esto la película entretiene, lo justo, y
aunque es tramposa (una trampa hecha con gran disimulo, pero hecha al fin y al
cabo), se vuelve demasiado obvia y sin alma, como ya dije antes, y esto
enfurece a cualquiera que esperara mucho más de un director con talento que parecía tener las herramientas adecuadas,
que no precisas, para hacer algo
bastante más grande.





