Uno de los mayores atractivos de esta película de los
hermanos Coen reside en la estimulante presencia de Hailee Steinfeld, la adolescente
protagonista que interpreta con enorme carisma y encanto el papel de Mattie Ross. Su personalidad y sentido
de la justicia la llevarán a embarcarse en una empresa complicada, pero la
misión es prioritaria ya que le toca muy de cerca, a su familia. Su padre,
asesinado por Tom Chaney, huido a
territorios indios después del asesinato, debe ser vengado. Mattie no lo quiere matar, como ha hecho
él con su padre, quiere atraparlo y llevarlo ante la justicia para que su
pérdida se vea compensada con todo el peso de la ley.
Ella es especial, inteligente, firme, madura a pesar de su
corta edad, dura, aunque sólo cuando es necesario, conciliadora cuando las
cosas se ponen feas y hay que apaciguar ánimos y egos personales, dulce cuando
no tiene la necesidad de protegerse y
puede apreciarse aún más claramente su bondad, valiente, con un gran
sentido de lo justo y con un enorme respeto y amor por los suyos, por su
familia, por la que luchará hasta donde haga falta.
Cuando llega al pueblo para comenzar con sus asuntos se
empieza a ver su valía, su determinación. Un veterano sheriff borracho, tuerto
y arrojado será el elegido por la chica para que la ayude en la búsqueda y
captura del asesino de su padre. Rooster
Cogburn (Jeff Bridges), que así
se llama el sheriff, lleva muchos muertos a sus espaldas en el ejercicio de su
arriesgada profesión. Mattie lo
considera el más adecuado.
Una vez que Cogburn decide aceptar, y cuando llega el día de la partida, otro hombre, que ya había tenido su presentación anteriormente con la chica, un ranger de Texas llamado LaBoeuf, se unirá a la expedición ya que va por el mismo hombre por otro asesinato cometido algún tiempo atrás.
Y es a partir de ahí cuando comienza la aventura, la
persecución llevada a cabo por estas tres personas muy diferentes entre sí,
pero con gran parte de las características de los personajes de las películas
de los Coen. Jeff Bridges es extravagante, excesivo, con un sentido del humor
socarrón; de un pasotismo sorprendente producido probablemente por su
desencanto de todo y por no creer en casi nada, por no encontrar algo estable
en lo que apoyarse, hasta que una niña le hace reaccionar, no en su valor y su
sentido de la justicia, sino en la entrega que hay que dedicar a quien lo
merece, como Mattie.
La película es de corte bastante clásico, de ritmo
ralentizado y extrañamente atractiva tratándose de un western. Hay escenas
inolvidables, llenas de buen cine, de un poder visual y fascinación enormes,
aunque en conjunto la película sea irregular y su ritmo se estanque en
ocasiones. De cualquier forma queda un regusto agradable, aunque con cierto
amargor producido por la nostalgia, la decadencia de algunos de los
protagonistas y los momentos vividos en donde la pérdida y el tiempo inexorable
que lo cambia todo son un peso, un triste recuerdo a pesar de haberse hecho
justicia.
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