El director brasileño Glauber Rocha nos vapulea con una reflexión trágica sobre la política, el poder y las necesidades de un pueblo que parece estar adormecido, un pueblo indolente al que le cuesta cobrar protagonismo en sus emergencias sociales de pobreza y desigualdad.
Hay un componente de desgracia en lo contado, de una
profundidad considerable, de una poesía existencial que habla sobre el
sufrimiento, sobre la necesidad de un cambio de conciencias para activar la
acción política que permita la esperanza de un pueblo pisoteado, humillado por
indeseables políticos corruptos capaces de lo que sea con tal de estar en la
brecha, como será el caso del oscuro personaje de nombre Porfirio Díaz. Y todo
contado excesivamente, de un modo simbólico, y en muchos momentos con una
teatralidad que podría recordar a Fellini.
Si a este exceso medio felliniano en alguna de sus formas se le añadiera lo
ceremonialmente existencial que podría recordarnos a Igmar Bergman, el resultado sería Terra em transe, pero con toneladas de conciencia social, esa que
pretende echar a un poder corrupto que va en contra del pueblo y a favor del
capital más deshumanizado.
En otro tiempo el escritor y periodista Paulo Martins estuvo en la órbita del
político Porfirio Díaz. Entre ellos
surge una amistad engañosa, sobre todo para Paulo,
aunque un tiempo después se corte de raíz. Los dos critican al pueblo, pero
desde distintos enfoques. Al político el pueblo le asusta porque lo considera
ambicioso y malo, vengativo, sin ninguna capacidad para emprender nada noble
que ayude a la nación. La suya es una visión totalmente negativa, defensiva, en
la que existe una autoridad que puede ejercerse sobre él por su inferioridad.
La concepción en el presente del pueblo que tiene el protagonista, el
librepensador y de tendencias anarco-revolucionarias, Paulo Martins es negativa, pero esperanzadora si prendiera
la llama de la lucha y la conciencia, difícil eso en un pueblo ignorante y
esclavo. Curiosamente la cultura y las ideas progresistas que querría Paulo para su pueblo vienen desde fuera,
pero desde el extranjero también viene la explotación y el proceder corrupto.
Paulo desea formar parte de una élite
política que se empapa de una cultura extranjera para “despertarse” y poder
cambiar algo, como querría que ocurriese con su pueblo, pero se da cuenta de
que ahí, en las alturas, existe algo peor que la ignorancia, más pútrido e
indeseable... Él
cree que el pueblo humilde está dormido, sin conciencia de lo que realmente le
ocurre ni ideología que lo anime a la acción; aunque también cree que con un
buen mensaje los dormidos se pueden despertar, la conciencia y las aspiraciones
pueden cambiar. La religión que abraza el pueblo no es sino un impedimento para
que sigan anestesiados. Paulo sentirá
la indignación más profunda por una cultura religiosa que hace a la gente más
sumisa; pero el escritor no quiere eso, quiere activistas, gente concienciada
que anime a cambiar a los que aún no lo están. Es por este hecho, y haciendo un
ejercicio de pragmatismo, como Paulo
se une al proyecto del político populista, pero sincero (aunque a veces tenga
flaquezas motivadas por presiones de poderosos políticos y empresarios), Vieira en la región de Eldorado, un
hombre que pretende ayudar a los necesitados y devolverles la ilusión en un
lugar en el que Porfirio Díaz, junto a las ladronas multinacionales
extranjeras, es dueño y señor con su
empresa La explint, aliado en un
último momento de “peligro” con otro empresario que se tenía por patriota y hombre de izquierdas, un
individuo que pretendía competir con esas empresas extranjeras que arruinan al
país, pero que a la hora de la verdad se deja comprar y se une a Díaz, o por miedo o por bajos principios
morales (yo más bien creo que por este último motivo; me da que Julio Fuentes, que así se llama este
empresario autóctono, se deja convencer porque es un corrupto)
Será con Vieira
con el que habrá alguna posibilidad de cambio, un cambio con mensaje
reivindicativo y progresista, por eso Paulo
se une a él, con el incentivo de Sara,
de la que está enamorado (una fiel colaboradora de Vieira).
Es triste como asesinan a un hombre que se atreve a
decir la verdad de lo que pasa: que su familia pasa hambre y sus hijos se
mueren, que la casa en la que viven los suyos es poco menos que una cabaña y
que las tierras de las que habían vivido desde siempre se las quitarán ahora
unos hombres que vienen desde fuera sin muchas ganas de solidarizarse con
nadie. Y al pobre hombre, muerto y con la esposa llorándole entre sus brazos,
se atreven a llamarle extremista los colaboradores y simpatizantes de los
dueños de todo, incluso de sus vidas. ¡Increíble! Pero también terrible.

































