" cinódromo: septiembre 2011

martes, 27 de septiembre de 2011

El resplandor/ Stanley Kubrick/ Estados Unidos 1980


 
       Es bastante conocido el hecho de que Stanley Kubrick se embarcó en el proyecto de hacer El resplandor (1980) por el tropiezo en taquilla que supuso su película de época realizada cinco años antes Barry Lyndon. Parece ser que el director necesitaba un éxito comercial a cualquier precio, y para ello contó con la adaptación de la novela de un aún joven escritor llamado Stephen King. Kubrick no había leído nada del escritor, pero sí había visto otra película que había adaptado una de sus novelas, Carrie; creía que el tipo de historias que contaba Stephen King podían encajar perfectamente en la idea que tenía de lo que podía ser una película de terror que funcionase, sobre todo en el aspecto comercial. Los cambios que tuviera que hacer Kubrick en la realización para que el film mereciese la pena los haría; la novela sería una base sobre la que sustentar ese edificio planeado en el que el clímax sería en sí mismo un espectáculo, un espectáculo terrorífico.


Siguiendo con Stephen King decir que en la novela y en la misma película hay referencias a la vida del novelista como cuando Jack dice: “Podría volver como un auténtico escritor y conquistar Boulder!”, pues Boulder es la localidad donde se le ocurrió a King escribir la novela; también hay datos autobiográficos como el hecho de que Jack padezca insomnio y aproveche para escribir de noche. Es también destacable el hecho de que Jack sea alcohólico en otro paralelismo con Stephen King en una época en la que bebía.

            Hay quien dice que esta es de las películas más comerciales de su director. Si tenemos en cuenta la recaudación que hizo en los cines de todo el mundo así es, además de  considerar el género de terror como uno de los más populares a la hora de llevar gente a las salas de proyección, pero hasta ahí. El resplandor no es vulgar, ni insustancial o mediocre, ni una película descafeinada o con clichés del género (bueno, puede que alguno, pero muy bien adaptado a las situaciones desesperantes que se viven con el estómago encogido); tampoco está facturada de tal forma que parezca sacada de una cadena de producción en serie, algo que normalmente va unido a repetición, a poca emoción o, de haberla, de muy baja intensidad; El resplandor es casi casi una obra maestra, siendo el término incompatible con el de comercial como yo lo quiero entender porque no sólo en lo comercial va unida una buena taquilla sino un tipo de película que no aporta demasiado a lo que tiene que ver con el arte ni los valores que pueda aportar en ese campo.


 

          El rodaje fue de pesadilla debido al tortuoso carácter del director, tanto es así que mandó repetir más de cien veces la famosa  escena en la que Nicholson dice: “Aquí está Jack”. Algo parecido ocurrió cuando Tom Cruise hizo  Eyes wide shut y tuvo que tragarse bilis hasta límites insospechados, casi hasta abandonar el rodaje,  para la estrella que era por entonces el actor de perenne y encantadora sonrisa (posiblemente su marca física de mayor atractivo para la mayoría de la gente).
¿Tendría algo que ver con el rodaje el que Danny Lloyd sólo hiciese una película más después de El resplandor y que no quisiese ni discutir el participar en otra producción de cine? El perfeccionismo obsesivo de Kubrick podía ir en su contra a la hora de relacionarse con los actores y demás miembros del equipo creando un clima agradable y cómodo, pero le hacía sacar de la manga genialidades tan ocurrentes como los dobles sentidos de las palabras, como REDRUM que tiene el significado de asesinato escrito al revés (MURDER) y el de cuarto rojo (RED ROOM) al hacer referencia al cuarto de baño donde hablan Jack y Grady, anterior cuidador del hotel y asesino de toda su familia.


El resplandor habla de un escritor que quiere triunfar y de una mujer, la suya, que le “corta las alas” con la mejor de sus intenciones. Creo que Jack vive en una especie de ilusión permanente por alcanzar un éxito que no parece poder conseguir, el que le darían sus novelas, las que quiere hacer, esa es su mayor aspiración, pero Wendy no parece estar del todo convencida. Su esposa le da toda la prioridad a la seguridad familiar y trata de agarrarse a los trabajos que va consiguiendo su marido para seguir adelante. Su apoyo a Jack con relación al proyecto de convertirse en escritor es un apoyo descreído, tibio, sin esa fuerza suficiente que necesitaría el escritor para intentarlo con más determinación; su inmadurez y fragilidad de carácter no ayudarán a Jack Torrance; hay en todo esto un conflicto en la pareja protagonista, sobre todo por parte de un Jack que guarda el germen del resentimiento, algo que no será la causa principal de lo que acontezca después, pero sí ayudará a impulsarla en la frontera del cambio y cuando él todavía mantiene un cierto equilibrio mental.

         El trabajo que le ofrecen en el Hotel Overlook durante el invierno, en donde tienen que hacer tareas de mantenimiento, será una buena oportunidad para que Jack pueda escribir e intentar sacar provecho de todo el tiempo libre y las ¿condiciones propicias? Tiene trabajo durante una temporada en la que podrá escribir, con que todos contentos…

         El clímax de la película va in crescendo de manera mantenida y sin desfallecimientos y la sensación de claustrofobia e intranquilidad se acrecientan según se suceden las escenas. La música de Wendy Carlos (curioso, se llama igual que la protagonista) impresiona por una pureza que nos asoma al terror desde la electrónica. El entorno es muy adecuado para producir sensaciones de desamparo y la evolución en el comportamiento del protagonista será un añadido vital para aterrorizarnos. Mete más miedo Jack Torrance jugando con su pelota contra la pared del salón del hotel donde escribe que cualquier hombre lobo, psicópata asesino en serie o zombie que se tercien en competir con el “Gran Jack”.
       Hasta que llega un punto en el que comienzan a pasar cosas muy extrañas. En el hotel se ha quedado alguien, o si no es así, eso es lo que parece. La duda que se nos crea, además de a nosotros, estupefactos espectadores, a la misma Wendy, atañe a si es Jack el que se está trastornando y comienza a ejercer cierta violencia sobre el hijo o es alguien ajeno a la familia (incluso podría ser el mismo hijo de la pareja, Danny, el que se autoinflingiera una lesión). Porque no sabemos muy bien con qué quedarnos, si con la aparente locura que está trastornando a Jack o todo lo que tiene que ver con un hotel que parece estar encantado (se descubrirá también que el hotel está hecho sobre un antiguo cementerio indio… ¿venganza de Espíritus indios antepasados por alterar la paz que suponían indefinida e inquebrantable?) Todo esto se unirá a los poderes que tiene no sólo Danny, por los que puede ver lo que pasará en el futuro y cosas que han sucedido en el pasado (de ahí el título de la película: un resplandor como imagen del pasado o del futuro, algo que podría ser una premonición), sino de uno de los empleados del hotel, Dick Hallorann, que habla con el chico poco antes de abandonar el hotel con toda la troupe y que le pone al corriente de lo que siente el niño y de algunos de los misterios que guarda el hotel Hoverlook (“Cuidado con la habitación 237”).




          El resplandor es una película llena de amenazas, unas imaginarias y otras muy reales (o eso es lo que parece). Una de ellas sería la que para Jack supone su mujer Wendy, una relación que para el escritor es coercitiva, una castración de sus deseos, de sus posibilidades como individuo, de su valor y el que cree que tiene como escritor; esta amenaza está seguramente acrecentada en su cabeza y no debiera ser un impedimento para desarrollarse como escritor y como persona, incluso laboralmente hablando y sin contar con esa afición con la que querría vivir; sin embargo sí creo que existe ese algo de “cortar las alas” dulcemente, como ya he comentado antes, aunque a ella ya desde el principio se le haya puesto la etiqueta de buena y esa etiqueta brille aún más y se acreciente por la reacción desmedida y peligrosa del “pobre Jack”.
         Otra amenaza sería la que su hijo Danny representaría para él cuando descubre todo lo listo que es y los poderes que tiene, algo que podría destruirlo y que no está dispuesto a consentir. Esta sí que podría ser una amenaza real y a considerar, pero se le puede llamar una amenaza positiva ya que el niño es inocente de lo que está ocurriendo y sólo quiere salvarse a sí mismo y a su aterrorizada madre.

Spoiler (No leer el Spoiler en color azul para no descubrir partes de la película)
         De hecho, al final, esa amenaza del hijo se convierte en la ruina para Jack Torrance. Su hijo gana el duelo no deseado por él ni por su padre de no haber perdido la cabeza, o de no haber intervenido los espíritus del Hotel Overlook en su transformación. / Fin Spoiler (Ya se puede seguir leyendo sin problema)




        Y finalmente nos encontraríamos con la amenaza más distinguible y que lleva el  peso de la historia, la que produce Jack Torrance y su torbellino de violencia sanguinaria. El personaje nos va sobrecogiendo en su transformación. Jack es un verdadero lobo con un demonio metido en el cuerpo. Su fuerza y su trastorno lo convertirán en la peor y más cruel pesadilla para su, en apariencia, vulnerable familia. Nadie como Jack Nicholson podía haber interpretado un personaje de esa tipología. Su fama del mejor actor interpretando tíos desequilibrados (Klaus Kinski sería otro buen elemento haciendo de loco) la cimentó sobre todo con esta enorme película de Stanley Kubrick. Sus expresiones faciales son extraordinarias y tremendamente creíbles: su mirada alucinada y fija, su sonrisa fácil y marcada por una emoción de inestabilidad, sus movimientos espasmódicos y de una energía inusitada, su forma de hablar, a veces incluso babeando y con los ojos desorbitados, sus burlas maquiavélicas…por demasiadas cosas que el bueno de Jack sabe utilizar igual de bien que su hacha un gran guerrero vikingo.
        Color y luz para una película de este género. ¿Dónde quedó la oscuridad de las clásicas películas de terror? ¿Y los sustos a los que nos tienen acostumbrados? Porque aquí a penas los hay, ni falta que hace, ni tampoco giros sorprendentes que nos dejen descolocados. Se sabe lo que ocurrirá más o menos, en eso es previsible, pero eso lejos de ser un fallo es un mérito porque conociendo por donde pueden ir los acontecimientos nos mantenemos alerta y expectantes; eso sucede no sólo por los matices que le dan más cuerpo al guión y nos distraen de una especie de obsesión que puede resultar densa y demasiado agobiante, sino por la forma de presentárnosla el maestro Kubrick. Aquí hay una evolución que conduce al horror de una forma desquiciada y desasosegante. La atmósfera lo inunda todo con su hermetismo y la locura de un personaje maldito que actúa movido por fuerzas incontenibles, las de fuera (fantasmas) o las de su mente inestable. En definitiva: un terror con un clímax como pocas veces se ha conseguido antes en una película de un género que pretende alterarnos de arriba abajo y producir sudores fríos… una película para el recuerdo, se quiera recordar o no, porque difícil es olvidar a Jack Torrance con ese hacha en alto y su sonrisa de demonio burlesco e inmisericorde.

viernes, 23 de septiembre de 2011

El árbol de la vida/ Terrence Malick/ Estados Unidos 20011




El cine de Terrence Malick mantiene sus constantes lírico-dramáticas y reflexivas. Las dos películas que había visto de este autor, tan influenciado en su cine por el filósofo Martin Heidegger, La delgada línea roja y El nuevo mundo, no me habían convencido al resultarme demasiado contemplativas, como si fuesen algo así como ensayos sobre el mundo, el hombre y la existencia. Me abrumaron, sobre todo La delgada línea roja (El nuevo mundo no llegó a hacerlo tanto, pero me aburrió, algo que no es incompatible con la calidad del film, que no discuto, al igual que sucede con La delgada línea roja).


El árbol de la vida también me abrumó, y mucho, pero me apasionó. Es de una belleza sobrecogedora y sus imágenes preciosistas se resisten a abandonar cada uno de los planos llenos de poesía que impregnan esta gran película sobre la existencia, como no (otra vez), y la vida que la encierra, todo con un marcado aspecto metafísico.
Va de lo grande a lo pequeño, del cosmos inabarcable a lo diminuto de una familia y su devenir vital. En este pequeño universo hay dolor y cambios, una lucha parecida a la que mueve el universo en continua confrontación entre los opuestos. Lo simbólico juega un papel importante en el drama y sugiere de una forma muy personal e intensa.
Hay un padre, una madre, tres hijos y una educación. El padre y la madre son diferentes no sólo a la hora de enseñarles lo importante sino por la forma de demostrar el gran amor que sienten por sus tres hijos. El amor está presente en cada escena y su fuerza desmesurada provoca dolor por los conflictos que encierra y que causa. Para la madre de Jack, el hermano mayor, el amor es lo más grande que hay y sin él pasaríamos por  este mundo como sombras. El mensaje de la Sra O´Brien es de un enorme misticismo; muy creyente, quiere que sus  hijos sepan la importancia que tiene Dios en nuestras vidas.
No sólo el amor causará dolor sino los acontecimientos de una existencia que muchas veces se nos escapan totalmente al control y producen tragedias (niño del incendio y sus quemaduras en la cabeza).Esa sensación anárquica y de no poder controlar lo que ocurre producirá angustia y malestar. Jack culpa a su padre de no poder saber solucionar y manejar lo dramático que la vida trae en ocasiones… un imposible que la ingenuidad de un niño se resiste a admitir. La relación de amor- odio que Jack tiene con su padre es motivada en gran parte por el conflicto que siente al aceptar mejor lo que representa la figura de la madre y mucho más a disgusto lo que significa el padre y la influencia en su vida como símbolo de autoridad (dejemos de lado lo que podrían sugerir algunas de las escenas relacionadas con lo Edípico).




El padre quiere que Jack aprenda que la vida en muchas ocasiones es cruel y que las personas tienen que luchar por su propio futuro (de mayor Jack ve el lado codicioso de la gente, lo desprecia y su impotencia lo hace tocar fondo). Y no sólo eso: el padre quiere moldearlo con disciplina, pero con amor, y lo hace con severidad, se muestra duro para que esa “maldad” que todos llevamos dentro no nos maneje (escenas crueles del sapo…rotura de cristales en la ventana de una casa). Creo entender en el mensaje del padre, y lo que representa, un existencialismo que le da mayor importancia al estar frente al ser. El personaje que interpreta Brad Pitt no parece que no sea religioso, pero tiene un sentido más práctico de la vida que el de su mujer. Creo que en la Sra O´Brien hay un determinismo que tiene que ver con su religiosidad; eso se refleja en la manera de educar a sus hijos y todo el amor que les brinda siempre que tiene ocasión (ausencias de su marido); su educación es flexible porque está basada sobre todo en el amor y la ternura. En su esposo ocurre algo diferente ya que para él existe eso que llaman libertad, y habiendo libertad hay posibilidades y no demasiadas garantías, a no ser que te muestres firme en todo momento y con gran determinación para afrontar lo que suele venirse encima de uno cuando menos se lo espera, muchas veces trágicamente; para no sufrir demasiado daño es mejor estar preparado y el padre de Jack asume esa responsabilidad.
Soy de la opinión de que la Sra O´Brien es más feliz que su marido (aunque el drama haga en la mujer demasiada mella cuando se produce) viviendo su vida con esa espiritualidad y ese enorme amor a un Dios que está presente en toda la naturaleza. La espiritualidad de su esposo es diferente, y su religiosidad no parece que sea tan intensa, o más bien es practicada de otro modo. 


La primera parte de la película es una explosión de imágenes llenas de luz y color. El responsable de tal espectáculo es Douglas Trumbell, el mismo que supervisó los efectos de 2001, Una odisea del espacio (las similitudes estéticas son claras); hay una naturaleza en continuo devenir; los planos son deslumbrantes y lo lírico se perpetúa. La sensación de trascendencia y religiosidad es patente y hay una síntesis en la que Terrence Malick nos ofrece la grandiosidad del ciclo vital- natural. La sensación es la de que el director está ofreciendo un homenaje al Creador, para algunos bastante cursi, para otros con un sentido que impregna y trasciende.
El estilo visual de esta primera parte, tanto en la visión cósmica del universo como en el de la naturaleza, es de una enorme belleza. Su estilo documental es nítido, inmaculado, de una armonía perfecta, como la música, con coros salidos del mismísimo firmamento celestial, que ambienta esas imágenes tan plásticas (habíamos dicho que esta película es de una enorme espiritualidad, y si no lo dijimos explícitamente lo dejamos caer al menos).




La parte central, que es la que más me gusta; me parece sobrecogedora. Similar en ese marcado existencialismo a esa otra maravillosa película de Sofía Coppola titulada Las vírgenes suicidas. Se centra en la familia O´Brien. Hay vivencias importantes que marcan, ternura, aprendizaje, dolor. Del documentalismo estilo National Geographic o Cosmos de Carl Sagan en versión remasterizada y digitalizada, se pasa al docu-drama. Mucha cámara pegada a los personajes que parecen ser seguidos desde su mismo cogote; primeros planos llenos de sentido e intensos; recuerdos que son como sueños en los que hay alguna enseñanza, algún mensaje no captado suficientemente bien o con la profundidad necesaria cuando se vivió aquello que vuelve a la memoria. Dureza vital y dudas existenciales que angustian y causan infelicidad y desamparo. Las experiencias enseñan y el recuerdo es un buen instrumento para descubrirse a uno mismo. En el caso de Jack ese autoconocimiento será doloroso y triste y producirá deriva vital. Para sus padres provocará un gran dolor por sentirse culpables de algún modo y no haber podido evitar la tragedia.

Al final se vuelve a lo más religioso; lleno de imágenes simbólicas y, como es la constante del film, de un enorme lirismo y trascendencia.

Estreno Cine

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Al servicio de las damas/ Gregory La Cava/ Estados Unidos 1936




Comedia screwball de la inigualable Carole Lombard, esposa del también actor Clark Gable y muy llorada por éste cuando ocurrió el trágico accidente de aviación que le costó la vida a la actriz.



En esta simpatiquísima sátira de Gregory La Cava  sobre la alta sociedad, sus caprichos y banalidades de difícil asimilación para el resto del género humano (a no ser que estés enamorado) hay un humor contagioso que resulta refrescante y tremendamente divertido heredado del teatro de variedades americano; la película se valorará no solamente, y sobre todo, por ese surrealismo similar al que se daba en muchas de las situaciones de las películas de los hermanos Marx sino también por una historia de amor distinta y original en donde cabe de todo, incluso la cosa más disparatada ya que lo que La Cava nos cuenta es una total locura en sí misma de la que podría haber sido  hermana de Gruoucho, Harpo y Chico y su happy y apoderada familia neoyorkina residente en la quinta avenida.





Aquí abunda el capricho y la vida alegre y sin preocupaciones. No hay malos sentimientos sino poca, o ninguna, conciencia social ni cercanía con la realidad que rodea esa especie de palacio ajeno a las dificultades de la vida en el que habita y se aburre (aunque a veces hagan cualquier cosa para divertirse, como emprender un juego descabellado que servirá para hacer arrancar la historia) la excéntrica e ingenua, al menos eso es lo que aparenta, Irene Bullock, protagonista de esta comedia; aunque no demuestre esa inocencia que marca su personalidad, y que tan graciosa y encantadora la hacen, por sus resultados con el mayordomo contratado, Godfrey (Michael Powell, un actor que había estado casada con ella anteriormente antes de hacerlo con Clark Gable),  en esa especie de juego divertido (para los que lo realizan), pero con un algo de perverso, en un parque lleno de vagabundos de los que el mismo Godfrey forma parte por motivos personales que nada tienen que ver con su valía como persona sino por un drama del que no logra sobreponerse y que se desencadena por un desengaño amoroso que posiblemente no quiera repetir ahora con Irene, aunque sus sentimientos le empujen a ello.
Lo único que le resta (pero poco, muy poco) a esta espléndida screwball es un final un tanto precipitado y bastante melindroso; un happy end que sorprende no por el fondo, el resultado final, sino por las formas en las que se produce; de cualquier modo eso no deja de hacer deliciosa esta película de La Cava. ¿No ocurría acaso lo mismo en la película Sospecha, de Alfred Hitchcock, a pesar de un  final impuesto e innecesario?



miércoles, 14 de septiembre de 2011

Premio Bloggero




Hola amigos cinefilos!
Hoy tengo que decirles que he recibido con mucho agrado la noticia de que me han dedicado un premio bloggero, en uno de los bogs que visito con frecuencia: Cine Puro, cosa que a cualquiera le alegra el día, y desde ya agradezco el buen gesto de su administrador, daniel.

El premio Bloggero consiste en una forma de conocerse entre bloggers, y al mismo tiempo ayuda a que tu blog sea un poco más conocido en la blogosfera.

El premio tiene unos requisitos que deben cumplirse, los cuales son:

-Anunciarlo en una entrada de tu blog.
-Premiar a otros 10 blogs amigos y avisarles.
-Poner un enlace al blog que te ha otorgado el premio.
-Compartir tu frase y explicar por qué te gusta.


Y la frase mía es la siguiente: “Existe un límite, una demarcación clara entre lo que puede ser conocido de un modo objetivo y lo que no puede serlo, es decir, una demarcación clara entre ciencia y metafísica. Ese límite es la experiencia”. (Immanuel Kant)
Vamos, que sólo la experiencia te da un conocimiento tangible. Las verdades absolutas pueden existir, pero nunca se podrían llegar a conocer con certeza. Lo en sí se supone que existe independientemente de que un sujeto lo conozca o no y es causa de cualquier impresión que afecte nuestra sensibilidad, pero cualquier afirmación sobre lo en sí carecería de sentido.

Los 10 blogs que he elegido son:
1-     BCN (Después de 1984)
2-     Jesús (Las mejores películas de la historia del cine)
3-     Raül (El cinéfago de la laguna negra)
4-     Sidhe (La noche de los wasabis verdes fritos)
5-     Lillu (Lullusion)
6-     Dr Gonzo (Motivos para levantarse)
7-     Worc (Esto es un caracol… y derrapa)
8-     Einer (Almas sucias)
9-     Ricard (Classics de cinema)
10-  CreatiBea  (vinividivinvi)

martes, 13 de septiembre de 2011

El demonio bajo la piel/ Michael Winterbottom/ Estados Unidos 2010





Basado en la novela negra de James Myer ThomsonThe killer inside me”, escrito que ya había sido llevado al cine en el año 1976 por Burt Kennedy y protagonizada por el televisivo actor  Stacy Keach,  famoso por la conocida serie de los años ochenta Mike Hammer.
Thomson publicó más de 30 novelas, la mayoría sacadas por editoriales de historietas de crimen de ficción, las populares (sobre todo gracias a Quentin Tarantino) pulp fiction.
La película fue rodada entre Mayo y Junio de 2009 alcanzando su presupuesto la cifra de 13 millones de dólares.

Cuando supe que el film era de Michael Winterbottom no pude dejar de alegrarme; lo poco que había visto de él me había parecido de lo más interesante y variado, me había gustado mucho, la verdad. No sólo había tocado el tema de las bandas de música que surgían en Gran Bretaña, y sobre todo en la ciudad de Manchester, en un tono de comedia simpática y chispeante, a finales de los 70 y toda la década de los 80, en 24 hours party people, un despiporre divertido, en ocasiones surrealista y aderezada con drogas y bastante sexo que contagiaba por su vitalidad y buen rollo, sino que se había embarcado en la fascinante Código 46, film de ciencia ficción muy cercana a lo que podríamos tener entre nosotros en muy poco tiempo, algo similar en ese sentido a lo que nos ofrecía la excelente Gattaca.




En esta ocasión Winterbottom me convence absolutamente con este Thriller de género negro que nos lleva al estado de Texas en plenos años 50 y en el que se sigue el recorrido criminal, preciso y acotado en el tiempo y el espacio, del sheriff adjunto Lou Ford, interpretado con enorme convicción por Cassey Affleck (que como le dice su jefe en la película: “¿por qué siempre tienes esa sonrisa de chico que ha cometido una travesura?”), un psicópata que va cerrándose el círculo creado por él mismo irremediablemente hasta su propia extinción.
Por el camino deja mentiras y muertes cruelmente atroces, frías por premeditadas, aunque parezca que un conflicto intenso y doloroso azote su interior: “tengo un pie en cada lado de la valla. Lo tengo desde hace tiempo y no puedo hacer nada, salvo esperar o partirme en dos”, dice en la película el protagonista.
Lou es un personaje extraño, con un pasado inquietante que lo persigue. Vive siempre  bajo las miradas curiosas de la gente, pero no parece importarle demasiado. Se sabe especial y no puede dejar de hacer lo que le dice su instinto. El riesgo a que lo descubran no es suficiente impedimento. Su voluntad generadora de maldad y dolor es lo que cuenta. En esta atmósfera enfermiza y llena de malignidad es en la que se mueve un sociópata que se reconoce perfectamente avanzada la película cuando comienzan sus mal disimuladas mentiras y golpea vilmente, y con saña extrema, a la prostituta que empezaba una relación con él a la vez que la continuaba manteniendo con un compañero de instituto del policía, cuyo padre (compañero de Lou), un rico e influyente constructor, Chester Conway, había tenido contacto con Lou y su hermano adoptivo muerto en extrañas circunstancias cuando trabajaba para el poderoso hombre de negocios. No sólo Lou tiene secretos que esconder, los otros que tienen relación con él (inclusive los que lo persiguen) también guardan los suyos.


Winterbottom nos ofrece un film durísimo, pero sin que deje de ser excelente en su realización, sobre un asesino con piel de cordero y muy mal interior. La espiral de muerte a la que se lanza Lou Ford es de única dirección y no tiene marcha atrás.
Los conflictos sexuales, como lo que parece un incipiente sadomasoquismo, que surgen en la infancia se reflejan de vez en cuando y ni sobran ni son innecesarios. El no insistir demasiado en ellos es un acierto para no perder un ritmo adecuado que nos va contando los sucesos sin ralentizaciones o cambios bruscos; el equilibrio narrativo es impecable y su elegancia en la puesta en escena resulta sencilla y sin florituras, bastante ideal en cuanto a un clasicismo heredero del cine negro de los años 50.
Y como buen cine negro no puede dejar de aparecer corrupción, tentaciones e infidelidades, secretos y un clímax de triste final, aunque merecido tan sólo para uno de los integrantes de este crudo espectáculo que podría herir la sensibilidad de algún espectador, sobre todo por dos escenas que guardan bastante parecido y que impresionan.




Lo único que flojea un poco es la sensación de quedar cabos sueltos de guión y algunas imprecisiones que no aclaran suficientemente el devenir de los acontecimientos, algo no demasiado trascendente ya que cualquiera puede imaginarse ciertas cosas a las que no se les da una explicación cerrada, pero que se sugieren con bastante encanto. Esos personajes que parecen salir de la nada no necesitan mucho más de lo que nos muestran porque no tienen una relevancia en la historia hasta el punto de merecer más pantalla, son presencias que completan el cuadro, pero que están a un lado, como difuminadas, para completar la escena; ahí tenemos a Bill Pullman sobre todo, o algunos que tan sólo se nombran, como el hermanastro de Lou, o Chester Conway, el rico empresario dueño de medio condado, personaje oscuro que ejerce su influencia en el film entre bambalinas, o el mismísimo Elias Koteas, aunque en menor medida que los anteriores, con sus molestas indagaciones que tienen que ver con Lou, su hermanastro o Conway…”  Cuéntale las mentiras a otro, Lou”.


 

jueves, 1 de septiembre de 2011

Las zapatillas rojas/ Michael Powell, Emeric Pressburger/ Gran Bretaña 1948



Esta es una de las películas favoritas de directores tan consagrados como Francis Ford Coppola o Martin Scorsese. Este último hace un homenaje de la película en New York New York que queda muy por debajo de la calidad cinematográfica- o sea: artística- de Las zapatillas rojas (hablamos de una obra de arte y, posiblemente, la película británica más famosa de la historia del cine junto con Lawrence de Arabia o Breve encuentro, la cual se realizó tres años antes de la película que nos ocupa. Es como si habláramos de Bienvenido Mr Marshall, Muerte de un ciclista, El Verdugo o Viridiana en España; La dolce vita, Roma, ciudad abierta o Alemania año 0 en Italia o Ciudadano Kane, Lo que el viento se llevó, Casablanca o El padrino en USA.

El virtuosismo de sus imágenes nos impregna desde el elemento más sensible que sería el cromatismo del color: un technicolor fotografiado por un tal Jack Cardiff, que hace un trabajo prodigioso, hasta los encuadres elegantes y llenos de clasicismo, pasando por una puesta en escena perfecta, llena de sentido y simbolismo (sobre todo en las representaciones del ballet y en el mismo argumento de la película, obra del clásico Andersen, ¡sí, el de los famosos cuentos!).




Coppola también le hace un homenaje claro en su reciente película Tetro. En ella hay una escena calcada a Las zapatillas rojas en la que en un paisaje, en el que bailan un hombre y una mujer, se mezcla un mar con un suave oleaje con el mismo escenario donde se representa el baile. Las dos escenas son de una fuerza visual apabullante, parecen sacadas de un cuento fantástico donde todo fuera magia y felicidad, es como un sueño del que no quisieras despertar. Aquí Coppola sacó todo su virtuosismo y sí es un buen homenaje a Las zapatillas rojas, aunque demasiado parecido en los elementos que salen ya mencionados
(el mar y el escenario)
Las zapatillas rojas es un drama romántico, de una amabilidad agridulce, sin demasiados fatalismos a excepción de un final muy triste y desgarrador. Hay una dualidad en la que hay que elegir porque no valen medias tintas si se quiere llegar a lo más grande en el mundo del arte, en este caso en el mundo del ballet clásico, y este conflicto que surge, al tener que elegir entre el amor o la grandeza que el arte puede proporcionar, lleva a la desesperación y a un trágico final; no se pueden amar dos cosas con la misma intensidad sin que una interfiera en la otra, y el tiránico productor Lermontov no está dispuesto a que su gran y reciente estrella no piense en otra cosa que no sea en su trabajo para así poder hacer de ella la mejor bailarina de todos los tiempos; aquí Lermontov ejerce de pigmalión como lo hace el profesor protagonista de My fair lady con Audrey Hepburn para convertirla en una gran dama de la alta sociedad; sólo que en My fair lady el profesor está enamorado de ella y ella de él, sin embargo en la película que nos ocupa la bailarina está enamorada de un compositor del que se vale también Lermontov para triunfar; Lermontov tiene buen ojo para saber quien tiene talento y quien no lo tiene, pero ese es su mayor talento, valga la redundancia: utiliza el genio que pueden tener otros para su triunfo personal; es un egocéntrico redomado y un manipulador, aunque muy inteligente, así es como consigue todo lo que se propone; además, y como síntoma al miedo que puede tener no controlarlo todo, ni a todos, no consiente que sus estrellas puedan distraerse de lo que es su dedicación exclusiva al ballet, por lo que prohíbe que el amor pueda tener cabida en sus vidas: el amor podría ser más fuerte que el éxito que él puede proporcionar y esto arruinaría su negocio.

Las zapatillas rojas tiene mucha de la estética del Mago de Oz en la puesta en escena de la obra, que ocupa unos 15 minutos de metraje y que es sencillamente sublime (aunque suene cursi la palabrita); del Mago de Oz, que es del 39 (la más antigua y muda es del 25), coge ciertos efectos visuales que no chirrían en absoluto adaptándose a la perfección a la dinámica precisa de la obra (me refiero a los 15 minutos que dura la representación de la obra Las zapatillas rojas, no a la película en su totalidad). También encontré estilos parecidos de esta película con Cantando bajo la lluvia en lo que a las actuaciones musicales de ésta se refiere: son dinámicas, elegantes, vivaces y con expresiones de los actores elocuentes de que están haciendo algo grande, o viviéndolo.
La película pasa de una forma que pareces no enterarte porque es precisa y huye de la paja que pueda hacernos abrir la boca. Su dinamismo es redondo y su motor no deja de girar a un ritmo ideal, armónico, sin ningún tipo de brusquedad; por eso no da la sensación de lentitud en ningún momento sino todo lo contrario.




Por último añadir que el espectáculo de Las zapatillas rojas sería de un grado parecido al espectáculo que se muestra en Moulin Rouge (Nicole Kidman), pero de un corte diferente porque es puro clasicismo formal (Moulin Rouge es moderna, innovadora en algunas cosas… tiene poco de clasicismo, aunque tal vez dentro de 40 años sí se la considere más clásica); sin embargo creo que la intensidad de Las zapatillas rojas está por encima de Moulin Rouge con la que aún comparte más semejanzas como es historia de amor de dos artistas y un productor que trata de beneficiarse, o aprovecharse, de lo que puede ofrecer alguno de ellos; en el caso de Las zapatillas rojas el talento de la bailarina, y en el caso de Moulin Rouge “ la mujer de una pieza” (Nicole Kidman: su belleza y su gracia ya que de eso era de lo que vivían las mujeres que trabajaban en aquel cabaret)