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martes, 29 de enero de 2013

Western con sentido del humor

Lee Marvin en La leyenda de la ciudad sin nombre

El western se suele identificar con la aventura, la violencia, la astucia, valentía o fuerza de los personajes que lo configuran. Es habitual que haya malos y buenos enfrentados, individualmente o en grupo. Hay constantes como los duelos, las peleas a puñetazos, tiroteos, hombres a caballo a trote, o al galope si son perseguidos poco después de haber cometido un atraco calculado al banco local e intentan salir del pueblo llevando tras de sí a un grupo de lugareños entre los que normalmente se encuentra el sheriff del pueblo, cuyo banco acaban de atracar, y sus ayudantes.
Hay en ocasiones sentido del humor, como no podía ser menos, pero ese factor no suele ser determinante en la historia ni esencial en su cometido, creo que ese aspecto correspondería más a la aventura y a la acción en mayor o menor medida, aunque también es cierto que hay westerns cuya esencia es otra. En Jhonny Guitar, por ejemplo, hay un intimismo que se explota y en Sólo ante el peligro no hay precisamente aventura ni tampoco demasiada acción, aunque sí mucha tensión y suspense.

De cualquier manera, y aunque el humor no sea objetivo primordial de los westerns, más bien lo es de las comedias como todos vosotros ya habréis pensado sin demasiada dificultad, hay películas que mezclan oportunamente y sin ningún disimulo, encajando no del todo mal, el género del western con el humor. 



Si Luis Buñuel tiene una película titulada Simón del desierto, Peckimpah tiene otra que en España bien se  podría haber titulado Hogue del desierto.

En esta película de Sam Peckimpah el humor viene determinado por la socarronería de sus escenas y por  unos personajes que ayudan en el desarrollo de ese espíritu que se le quiere imprimir a la historia.

No sólo nos encontramos con un protagonista, Hogue, excéntrico, tacaño y con un cierto primitivismo, pero  de buen fondo y corazón tierno, que en su actitud poco amistosa, sobre todo al iniciarse la aventura, manifiesta un contraste que descoloca y nos hace sonreír sino también a un reverendo que no parece serlo por su picardía y esa atracción hacia el género femenino imposible de controlar.
La tacañería de Hogue por preservar lo que la suerte le ha concedido resulta hilarante. Su aparición en la ciudad, que representa la civilización, es todo un espectáculo, exótico y divertido para alguna de la gente del lugar, esperpéntico para los más remilgados. Él es un inadaptado para manejarse en la ciudad y se encuentra torpe en ella; no es su medio y eso produce un caos que nos vuelve a resultar gracioso. Lo suyo no es la civilización. Es por eso que prefiere el desierto y la soledad, o una compañía mínima que le agrade. El negocio caído del cielo es, pues, una bendición.


Oráculo Jones en La batalla de las colinas del whisky

Su encuentro con la mujer en la ciudad está lleno de sinceridad desde que la ve por primera vez pues no esconde sus emociones. Hogue irá a por ella en todos los sentidos. El tratamiento desinhibido del sexo y la ternura, con un algo de pillería y tosquedad, son una herramienta más y muy adecuada para resaltar el sentido del humor. En la ciudad provocará un tumulto por la reacción de la mujer cuando quiere cobrar las atenciones prestadas y el hombre no está por la labor de pasar por caja. Necesita el dinero para continuar con el nuevo negocio montado en el desierto.

Cualquier situación que pudiera ser en otro film cualquiera de tensión, en La balada de Cable Hogue pierde su dramatismo por su tono complaciente y siempre divertido. Si me preguntasen por el género, yo etiquetaría la película como una comedia-western intimista-medio costumbrista con ramificaciones románticas y con un poco de aventura y acción. Spoiler (No leer el spoiler en color azul para no descubrir partes de la película) Y es que hasta la muerte de Hogue se convertirá en eso, en una comedia... la civilización convertida en un coche que se lo lleva por delante de una forma en la que parece que no se sufra lo suficiente. /Fin Spoiler

 
Jason Robards y David Warner en La balada de Cable Hogue

Un ya entrado en años James Stewart, que no ha perdido ninguna de la simpatía que siempre lo ha caracterizado, y un Henry Fonda con aspecto más joven que su compañero, pero maduro, formarán la pareja protagonista de esta simpática película de Gene Kelly titulada El club social de Cheyenne.

Este film se cuenta como los clásicos westerns de toda la vida, en el que no deja de existir ni el malo de la película (en este caso acompañado de gran parte de una familia muy numerosa). El tono divertido se sostendrá no sólo por los golpes de humor, como esos gags característicos del género de la comedia disparatada (el cascar piñones, creo que eran, en determinados momentos de la peli, repitiéndose en los momentos más (o menos) oportunos, el viejo momia tan gracioso que en un momento dado está demasiado estático y con su mirada fija, tan tieso que lo que le ocurre es que está muerto, etc), sino que se irá incrementando por las circunstancias que rodean el caso en el que John hereda un club de señoritas.
Una vez instalada la pareja protagonista en la casa, la coña será patente. John no esperaba heredar tal negocio. Cuando se entera la sorpresa es mayúscula y la circunstancia resulta hilarante. La madame lo querrá hacer sentirse como si fuera un miembro más de la familia, pero él parece tener la idea de no querer quedarse con el negocio. Es un hombre con su reputación y no pretende ser relacionado con tal club social. Su intención es clara: quiere despedir a las chicas.
Más humor al asunto: en el pueblo, al saber quien es John, la gente lo tratará con mucho mimo. Se convertirá sin pretenderlo en toda una personalidad...demasiado bueno como para dejar lo que parece un regalo, sin embargo lo hará porque tiene sus principios y en éstos no entra el regentar un club de chicas de vida alegre. Cuando se entera la gente del pueblo del cierre, el trato hacia John cambiará radicalmente; ya no es bien visto y no tiene el acceso a ciertos privilegios con los que contó durante poco tiempo, mientras ejerció de patrón del club, sin quererlo y sin que la gente supiera que era su intención. Esto me hace pensar en la labor social del club en sentido literal del término. En esta ocasión lo moral transgrede lo convencional.

La delicadeza, belleza y dulzura de las chicas (o picardía cuando es necesario), añadido al buen trato hacia la pareja de amigos, harán que se produzcan situaciones de humor cuando John quiere darles la mala noticia del cierre y no sabe como hacerlo sin herir sus sentimientos. Una vez tomada la decisión de cerrar una conmoción se apoderará de las chicas, que no se alegran precisamente.

El humor también se da de una forma evidente en la relación que mantienen John y Sullivan (Henry Fonda). Es una relación particular y muy graciosa. Sus personalidades difieren bastante, pero se acoplan de una forma sorprendente por la gran camaradería que existe entre ambos. La interacción entre ambos da mucho juego, además del desconocimiento que tiene John de gran parte del pasado de Sullivan. El que Sullivan siga a John sin que éste se lo hubiera pedido nunca ayudará a hacer más surrealista la relación.


El coronel Thadeus Gearhart interpretado por Burt Lancaster

En La batalla de las colinas del whisky todos están locos por el whisky. Los indios lo veneran, y en un final absolutamente desmadrado contemplamos una orgía festiva de dicho licor al que ellos llaman, y es por todos muy sabido, agua de fuego. Es como si los indios adoraran dicho fluido que provoca unas reacciones de alegría incontenibles y un estado somnoliento embaucador, es como si su existencia girara alrededor del alcohol.

Esta peli es un lío de padre y muy señor nuestro, un desbarajuste simpatiquísimo, tan simpática como el personaje del coronel que interpreta el gran Burt Lancaster, Thadeus Gearhart.

El desencadenamiento de la acción se produce cuando hay una falta de whisky en la ciudad de Denver. Allí los mineros se enteran de que en no demasiado tiempo se acabará el licor. La llegada del invierno puede hacer que no se pueda traer el whisky hasta la primavera, si no hay suerte hasta bien entrada dicha estación. Pero ya hay una expedición en marcha, un convoy de carretas en la que se transporta.

El whisky será el desencadenante de conflictos entre grupos de gente heterogénea que por uno u otro motivo tendrán un acercamiento a él desde diferentes posiciones. Por un lado los mineros de Denver, muy interesados en poder beberlo en los bares cuando salen a divertirse después de un duro trabajo en la mina; éstos formarán, bajo los iluminados consejos de un personaje especial llamado Oráculo, una milicia civil que saldrá al paso del convoy que trae el alcohol. Por otro lado tenemos al dueño del licor, que lo transportará en sus carretas y que cuenta con la ayuda de unos irlandeses que, no contentos con las condiciones laborables que tienen, le plantan cara al dueño y quieren hacer una huelga al no aceptar sus reivindicaciones. Esto está muy gracioso porque se comportan como si formasen parte de un sindicato inglés de finales del XIX en plena lucha de clase. Pero aún hay más, mucho más, porque también hay un grupo de mujeres  feministas que luchan contra los efectos no sólo físicos sino morales que causa la ingesta del alcohol. Es un grupo prohibicionista que no deja de dar el incordio durante todo el metraje y cuya líder tiene tanto interés en el coronel del fuerte en el que paran para celebrar la reunión que toca como en su misma asociación, un interés bien escondido durante la primera parte del film, pero que aflora en el último cuarto de metraje. Este grupo, al enterarse de que un convoy con whisky va en camino de Denver, saldrá a su encuentro para detenerlo, pero en el camino hay indios interesados en el agua de fuego y no dejarán pasar la oportunidad de conseguir el preciado líquido. Es por tal motivo por el que el destacamento segundo de caballería del fuerte escoltará al grupo activista de mujeres que no dejan de cantar una y otra vez durante el viaje. Pero antes, otra columna, la primera de caballería, ha salido también al encuentro del convoy para asegurarse de que todo va en camino y seguro. Y los indios por ahí andan esperando salir en busca del convoy... hasta que se juntan todos y arman un buen lío, no sólo por coincidir en un mismo espacio con propósitos diferentes, muy enfrentados, sino porque en ese momento una tormenta de arena hace que todo sea pura confusión. Tal situación generará alguna que otra carcajada mezclada con incredulidad.

En La batalla de las colinas del whisky el humor viene marcado por aspectos como que el personaje del coronel resulte bastante simpático, por la actitud incívica y granuja de los indios y su comportamiento tan fanático a la hora de relacionarse con el whisky, por otros personajes que le aportan humor y que resultan bastante entrañables, como Oráculo Jones y su interés desmedido por el whisky, tanto interés como el que tienen los indios, pero que se acerca a él (y lo consigue) con más picardía aún, sabiendo moverse mejor y más sigilosamente hasta el punto de hacerse amigo del mismo transportista empresario para conseguir sus objetivos. Este Oráculo servirá tanto para un roto como para un descosido. Es adivinador del futuro y en Denver los mineros lo tienen en alta consideración, hace de guía cuando la milicia ciudadana sale en busca del convoy, aunque se esconda como una comadreja cuando atacan los indios, o se junta al empresario que lleva el alcohol, haciéndose amigo de él, para no perder el rastro y no quedarse fuera de juego sin una buena parte de la mercancía.



Lee Marvin, Clint Eastwood y Jean Seberg en La leyenda de la ciudad sin nombre


Que los trabajadores irlandeses que llevan el whisky se pongan en huelga, y las mujeres prohibicionistas se unan a ellos en la protesta tiene su coherencia, pero no deja de ser hilarante, como lo es la reacción desmedida de rabia del empresario transportista cuando siente que le roban, un buen ejemplo de lo que es un capitalista al que le quieren llevar lo que es suyo, o cree que es suyo, o la tremenda incoherencia que se produce cuando la líder prohibicionista, protagonizada por Lee Remick, se pone a beber whisky delante nada menos que del coronel, un aficionado a la bebida. Pero su humor también vendrá por el contraste entre el coronel y la líder prohibicionista, entre alguien al que le gusta pimplar de vez en cuando y una mujer que critica esa costumbre que degenera al que la lleva a cabo; esa antítesis tiene gracia, y más cuando ese grupo de féminas prohibicionistas, que son tratadas como si de una plaga se tratase, no dejan de ser un incordio para el coronel.

El humor de La batalla de las colinas del whisky no es burdo, grueso o zafio; posee cierta finura que va desde lo surrealista a lo payaso, algo que le da una configuración especialmente llamativa que tiende a un disparate no del todo descontrolado, como sí podíamos contemplar sin embargo en pelis como Los hermanos Marx en el Oeste (peli que muy bien podría haber entrado en el presente post, u otra a la que le tengo muchas ganas El día de los tramposos, de Mankiewicz). Hay situaciones de comedia muy identificables, a veces incluso de cine mudo, o ridículas, que están muy bien incrustadas en un guión que sólo con contarlo ya te produce una gran sonrisa.



Jodie Foster y Mel Gibson en Maverick

En la película de Richard Donner, Maverick, el humor llegará sobre todo por la simpática figura del jugador de póker Bret Maverick, un granuja que hará lo indecible, con bastante astucia y agilidad, para participar en una timba que se celebrará próximamente en un barco fluvial que recorre el río Mississippi (¡cómo no!).
Algunos detalles iniciales, como su aparición en un pueblo montado en un burro al que va a parar para jugar, juegan, valga la redundancia, en favor de su humor, y más si luego Maverick vende dicho animal por un misero dólar para decir a continuación que lo hubiese regalado si nadie le hubiera ofrecido tan mísera cantidad de dinero.
El hombre se montará unos números de los más singulares, a veces espectaculares, para hacer creer a la gente que es alguien que en realidad no es, un pícaro a la altura de los mayores aventureros; se me viene ahora mismo a la cabeza al mismísimo Indiana Jones; pero con un añadido que le da una personalidad tremendamente atractiva y simpática: es un tío taimado hasta la médula.

Hasta que aparece Annabelle Bransford, la chica que interpreta Jodie Foster, alguien tan encantadoramente embaucadora como el mismísimo Mavercick, hijo en este caso, el padre aparecerá más tarde, y todos comprobaremos los parecidos entre ambos, en un papel interpretado por James Garner, al que años atrás vimos protagonizando la serie de TV en la que se basa la peli. La relación entre Gibson y Jodie Foster, que por cierto es una jugadora como Maverick, aparte de ladrona, tiene momentos simpáticos de un tira y afloja bastante divertido. Su primer encuentro-desencuentro (con besazo incluido) hace que la sinergia prometa.

Un aspecto imprescindible, como en otros films comentados en esta entrada, que hace darle más humor a la película es que cualquier situación, por muy tensa que en teoría pudiera ser, como un atraco, llega a producir hilaridad, es chistosa, sobre todo interviniendo Maverick en ella, alguien que se toma la vida como un espectáculo en el que no sólo engaña sino que siempre sale airoso, aunque en ocasiones lo que arriesga lo lleva a situaciones límite.



John (James Stewart) y cía femenina en El club social de Cheyenne

Naturalidad en el humor es la sensación que transmite La leyenda de la ciudad sin nombre, un humor nunca rebuscado, surge de la misma idiosincrasia del film de Joshua Logan como si de una comedia pura se tratara. Es como si  se mantuviese el sentido del humor en una película de John Ford, muy conocido en la mayoría de sus trabajos, durante todo, o la mayor parte, del metraje y los acontecimientos no salieran de ese tono. A la comedia se le unirá, además, lo musical. En los temas cantados el humor no decae, como cuando se acerca la diligencia con las prostitutas, o como cuando el reverendo, despreciado (de una forma cortés y amable, eso sí) por los mineros, canta contra el vicio de la depravada ciudad.

El personaje interpretado por un excepcional Lee Marvin, en un papel que ofrece descaro y simpatía, pecador como pocos, pero pragmático en su inmoralidad, es el hilo conductor y el mayor reclamo del film. El humor partirá en la mayoría de las ocasiones de él y se irradiará como una central nuclear alrededor del abrasador foco de calor.

Una población surgirá cuando se descubre oro, un lugar al que se llamará La ciudad sin nombre, población masculina (menuda coña). Pero aquello está aburrido y la llegada de un mormón con sus dos mujeres y el hijo pequeño de una de ellas provocará el interés de los habitantes de la ciudad. En la estampida para recibir a los nuevos visitantes se enterarán de la situación de los recién llegados; al poco tiempo comenzarán a creer que aquello no vale allí ya que no hay mujeres y sí muchos hombres, y alguien por muy mormón que sea no puede tener más de lo necesario... con lo que se subastará a una de las mujeres, la que no es madre; en la pugna Ben (Marvin) la comprará cuando tenía una cogorza de consideración. En el casorio, como no: fiesta, canciones, coña mineril, pero con respeto hacia los contrayentes, aunque se le cuente algún que otro chiste insinuando los atributos de la recién estrenada esposa (por contrato comercial más bien, eso sí).
En la noche de bodas la población minera será paciente espectadora fuera de la casa en la que se encuentran los recién casados. Querrán ver como les fue, querrán admirar a la novia recién salida de la cama y el semblante del afortunado esposo.

El humor de La leyenda de la ciudad sin nombre nace igualmente de los contrastes, de unas diferencias evidentes, entre la personalidad y sentido moral de Ben y los de Socio (el granjero protagonizado por Eastwood no es precisamente vicioso). A pesar de ello se convertirán en socios, algo de lo poco que cumple y respeta Ben en esta vida ( y Socio será el nombre con el que a partir de entonces usará Lee Marvin para referirse a Clint Eastwood). Éste sólo tendrá que cuidar de Ben cuando éste cuando lo necesite, en los malos momentos de borrachera y melancolía, cuando quiera hablar con alguien para espantar la tristeza.
 
La borrachera será, como no, el desencadenante perfecto para que la chispa de la fiesta se propague; en la flagrante diversión, el humor hará acto de presencia sin disimulos. Los festejos no siempre terminarán bien y cualquier minucia será un buen pretexto para que comience la pelea.

Los celos de Ben provocarán por sí solos la hilaridad entre los mineros (y por supuesto entre nosotros). Las situaciones y consecuencias de los celos llevarán a plantearse lo que en principio parecían majaderías, pero que no lo parecen tanto cuando Marvin convence con su elocuencia de que traer prostitutas a la ciudad haría que los hombres se desahogaran y la ciudad floreciera. Todos parecen estar de acuerdo, incluso los que en un primer momento lo habían catalogado como un auténtico loco depravado.


Jason Robards y Stella Stevens en La balada de Cable Hogue, de Sam Peckimpah

La escena de la declaración del amor que sienten entre sí el socio y la mujer de Ben está verdaderamente graciosa... “¿Y por qué una mujer no puede tener dos maridos, quién lo prohíbe, y más en un sitio como La ciudad sin nombre?”. ¡Viva la incivilización!, proclamará Marvin... el alcohol y la emoción del momento harán que Socio cambie la idea que tenía de la moralidad y, en lo que le toca, decida “colaborar”, pero muy gustosamente. La ciudad sin nombre se irá convirtiendo aceleradamente en la nueva Sodoma y Gomorra. Un reverendo que predica el bien en una ciudad de vicio e inmoralidad le recordará a la población ciega de lujuria las consecuencias de sus actos; pero los mineros se reirán de sus palabras.

Será en el tramo final del film cuando la faceta más pícara de Ben salga a la luz. Una red de túneles por todo el pueblo, pasando por todos los locales de juego y señoritas, en los salones donde el oro que cae al suelo se filtra por las rendijas de la madera, se utilizará una vez estén escavadas las galerías para adquirir ese maravilloso oro que parece cegar a quien entra en contacto con él como si del anillo del Señor de los anillos se tratara.
El hundimiento apocalíptico del pueblo después de que el reverendo se lo pidiera al Señor es verdaderamente desternillante, magistral. La coincidencia es totalmente acertada, se produce en el momento preciso y recrea una escena espectacular y magnífica en cuanto a lo que tiene que ver con el humor.

17 Ya han hecho su aportación. Sigue comentando si quieres:

Roy Bean dijo...

Me gustan mucho todas las que comentas,pero sobre todo Cable Hogue y La leyenda de la ciudad sin nombre, es uno de mis musicales favoritos. Y que decir de Hogue, le estoy preparando una entrada también, porque me tiene loquito Stella Stevens... jajaja.

Abrazo.
ROy

FATHER_CAPRIO dijo...

El western, genero duro por excelencia, suele mejorar con un medido y ajustado sentido del humor. Las películas que citas son un buen ejemplo. A bote pronto, recuerdo, entre las buenas, la de Leone, Agachate maldito, y, en el otro extremo, la infumable Los Dalton,con esa mezcla, esperpentica para mi gusto, de cine y comic.
Las que citas son excepcionales, y aunque cuesta elegir me quedo como el juez con La balada de Cable Hogue, aunque el gran Lee Marvin o el oráculo borrachin son personajes irrepetibles. Y el Henry Fonda cascando nueces en El club social de Cheyenne es todo un espectáculo.
En un post no demasiado extenso has compendiado lo mejor del humor-western.

Un abrazo

Víctor M. Lázaro dijo...

Vaya disección de la comedia en el Western, excelente entrada!
Yo creo que la comedia era casi siempre intrínseca en los primeros westerns, no recuerdo ningún Western de John Ford en los que no hubiera comedia y personajes cómicos. Si que es cierto que la dosis de comedia era menor que en las películas que comentas pero entiendo que lo se intentaba era dar cierto respiro al espectador entre batalla, duelos y pequeños desenlaces o dramas. Quisiera añadir a la lista de westerns eminentemente cómicos la aportación de Enzo Barboni y sus "...Trinidad." con la pareja Bud Spencer y Terence Hill, ellos eran el otro extremo del western, obviando desde luego Sillas de montar calientes de Mel Brooks que es antes comedia que western.

Un abrazo y muy buena entrada.

Javier Simpson dijo...

Roy
Me alegra que te gustara, Roy. La leyenda de las ciudades sin nombre es una delicia, independientemente de que sea un musical. Espero estar atento a la entrada que hagas sobre ella. Promete sabiendo de tu predilección por los westerns.
Un abrazo
FATHER
Es cierto, FATHER, le quita hierro y, aunque en un primer momento, y sobre todo si no estás acostumbrado a ver el western de esta forma, te puede chocar, o sorprender, si te metes bien puede resultar de lo más divertido. Las cinco pelis de las que hablo están bien, a mí me hicieron su gracia. Creo que si tuviera que elegir la más flojita diría la de Gibson, Maverick; de todas formas tiene alguna que otra escena descojonante y el papel que hace es muy simpático.
Un saludo, FATEHER.
víctor
Muchas gracias, Víctor. Nada, fui hablando de cada una según las fui viendo. No te creas, empecé con la primera hace 7-8 meses y me lo tomé con calma, así no me estreso nada (tengo mucho que hacer y si no lo hiciera así no podría). Ford, y el sentido del humor en sus westerns, sería para otra entrada. En el caso de Ford su humor queda perfecto por los personajes que configuran sus films. Hay un equilibrio perfecto entre lo dramático y lo ligero de ese humor. Un genio el hombre. Las de los hermanos Trinidad sería spaghetti con sentido del humor. Es muy posible (tampoco lo sé con certeza) que a Tarantino le gusten las pelis de Trinidad. En mi caso lo justo, no entro muy bien en su humor, aunque sí es cierto que con escenas puntuales te puedes reír un rato.
Un saludo

Gracias a los tres por comentar. Hasta la próxima.

Sese dijo...

¿Podríamos incluir en este grupo El día de los tramposos?. No la recuerdo demasiado y hasta es posible que me confunda de peli, pero creo que también tenía su dosis de humor.

Y qué decir de los sargentos borrachines de los westerns de John Ford?

Saludos

Javier Simpson dijo...

Sí, la de Mankiewicz también la incluí, pero no hablé de ella, sólo la cité.
Los borrachines de Ford, con ese humor tabernero irlandés, entrarían perfectamente. También aludí a Ford y el humor de sus pelis jaja No sólo entrarían esos personajes, entrarían otros cuantos más con su coña fordiana.

Un abrazo, Sese. Gracias por la visita.

Mr. Lombreeze dijo...


Un humor muy nostálgico el de La Balada de Cable Hogue. El que está descolocado es el protagonista, ¿verdad?, se aferra a un mundo que ya no exista y la ironía del final... lo dice todo.
La batalla de las colinas del whisky es una película muy divertida. La verdad es que todas las que has reseñado me gustan bastante, aunque tengan poco de western más allá de los arquetipos y las localizaciones. Bueno, aunque sí tienen algo que es uno de los pilares del western, la conquista del Oeste y su lenta implantación de la Ley y el Orden. Este vacío es el que da mucho juego para el drama y también para la comedia.
Para mí el equilibrio perfecto entre humor y western (con mayúsculas) lo consiguió el maestro Hawks en Rio Bravo y El Dorado.
Enhorabuena por el post, es interesantísimo. Me lo he leído bien a gusto

Alí Reyes H. dijo...

Hermano, hay un western donde trabajó Yaky Chan que trató de tener unos toques de gracia, pero por alguna razón no doy con el nombre

C. Noodles dijo...

Pedazo post Javier.
Es verdad que el western alberga bastante comedia. Aparte de las películas que citas, en los otros, los "serios" siempre hay algún secundario que destila humor y whiskey por los cuatro costados.

Hawks aparte de rodar de maravilla las historias también poseía un finísimo sentido del humor.

Creo que el western, es el género por excelencia. Alberga aventuras, acción, amor, suspense, drama y humor.

La del gran Peckimpah estupenda, pero me quedo con la maravillosa Ciudad sin nombre.

Un abrazo.

PEPE CAHIERS dijo...

Buena selección y estupenda entrada. No se si es usted muy partidario de los western de Terence Hill y Bud Spencer.

David Amorós dijo...

Felicidades por la entrada Javi. Magnífica. La verdad es que no soy muy de westerns y lamentablemente tan solo he visto Maverick de las que citas, que seguro pillé alguna vez por la tele. Ni tan solo la de Peckimpah. Como he leído por los comentarios, yo recozco el humor en los westerns, sobretodo a partir de algunos secundarios borrachines del cine de Ford y poc más. Pero tu post me ha instruido.
Un abrazo.

Javier Simpson dijo...

Lombreeze
Desde luego, Lombreeze. Vive apartado de todo, Hogue, y no soporta demasiado la civilización. Es alguien primitivo que termina mal por el producto de su temor, o manía. Es la misma civilización en forma de coche quien se lo carga.
La batalla tiene escenas muy graciosas, bastante surrealistas las situaciones con todos los que se juntan en busca del whisky :-D
En Rio Bravo y Eldorado hay un humor sutil, desde luego, pero creo que es más western que comedia. Desde luego también es cierto que en momentos ligeros te ríes con ganas. Grandes pelis.
Gracias, Lombreeze. Un gusto que te haya gustado :-)
Alí
Creo que sí, Alí, pero de Chan no he visto casi nada… sólo una de policías con un hombre de color y otra de acción que no me acuerdo ahora muy bien. Siento no poder ayudarte en este caso. Un saludo.
Noodles
Suele haber humor en mayor o menor medida. En este caso yo quise hablar de comedias de risas con un trasfondo western, pero en el western de Ford, Hawks, Mann, etc siempre hay humor, desde luego…
Para mí el western es sinónimo de entretenimiento. Puede haber de todo en este género y prácticamente todo es bien aceptado. Un género que es todo un clásico con épocas más difíciles, pero que siempre termina volviendo.
Un abrazo, Noodles.
PEPE
Gracias, amigo PEPE. Pues no demasiado, la verdad. Pelis con momentos graciosos que no me terminan de enganchar, y la verdad es que no sé muy bien por qué. Tal vez haya ahí un prejuicio mío, no sé.
Un abrazo
David
Maverick está bien, pero creo que es la más floja de la lista. Tiene momentos y los dos protas están muy bien. Gibson está simpatiquísimo. La relación con ella da su juego (en este caso nunca mejor dicho por eso de ser jugadores de pócker… creo que eso mismo dije en la entrada… es que viene a guevo, caray n ;-D). Si quieres ver de este estilo ahí tienes unas cuantas buenas. Mi recomendación: Ciudad sin nombre, primera (es una pasada, y eso que es musical), después vendrían Hogue y Colinas del whisky a nivel parecido.
Un abrazo

A todos, gracias.

abril en paris dijo...

Una entrada muy completita Javi y ¡ las he visto todas!
Me gustaron cada una de ellas en su momento, pero destaco La balada de Cable Hogue y la Leyenda de la ciudad sin nombre de las que en su momento hablé en el apartamento asi como El club social de Cheyenne por esa pareja de intérpretes.
El dia de los tramposos tiene mucho de comedia casi que de western, y en tono mucho más ligero Cat Balou con un Lee Marvin en doble papel por el que le dieron el único óscar de su carrera, mereciendolo por otros trabajos, en mi opinión.

Me ha gustado mucho éste repaso que le has dado a un género dentro de "otro" género.

Un biquiño

ricard dijo...

Los títulos que comentas tienen en común la celebración de un estilo de vida hedonista, ajeno a la mayoría de represiones e hipocresías que trajo consigo la civilización (además de mucho ruído y un coche que atropelló al pobre Hogue). Aunque hay que situar dichos títulos en su momento histórico pues ha llovido bastante y la mayoría de actitudes transgresoras que reflejan aparecen ahora como muy inocentes. Buena entrada y muy completa. Un abrazo.

Javier Simpson dijo...

abril
Sí, son pelis que me han gustado, lo he hecho con gusto ;-) Para mí las dos que nombras son las mejores, gandes pelis, clásicos. La pareja protagonista del Club social Cheyenne es genial; la verdad es que los contrastes que se producen entre ambos es coñero, muy simpático. Tengo ganas de ver El día de los tramposos; tratándose de un Mankiewicz no creo que defraude en absoluto… además anda pora ahí nuestro querido Kirk Douglas con una gafas, creo recordar, de lo más graciosas. Parece un pillo intelectual ;-D
Un abrazo, abril. Gracias por el comentario.
ricard
En la mayoría de las ocasiones sí, muy bien visto, ricard, incluso James Stewart en Club social Cheyenne, aunque su vida no es hedonista que digamos, en un momento dado se comporta como tal y le gusta la buena vida, pero al final puede más su moral y no va por ahí… Muy de acuerdo también con eso de que hoy en día muchas de las actitudes de esos personajes serían ingenuas en muchos de los sentidos. La evolución de la sociedad es también moral, y sobre todo; entonces eso no deja de ser coherente.
Un abrazo, ricard. Gracias por pasarte.

Manderly dijo...

Más que westerns para mi son comedias. Sí, comedias en un escenario en el que estamos acostumbrados a ver aventuras y lo uno no quita lo otro.
El club social de Cheyenne es genial, no solo por sus actores sino por esas chispa que tiene su argumento. También La leyenda de la ciudad sin nombre el humor está por encima de todo lo demás (preciosa canción también!!).
En cuanto a Maverick creo que está muy alejada del resto, no me acaba de convencer tanto como las anteriores.
Recuerdo también a ese Burt Lancaste de La batalla de las colinas del whisky pero no recuerdo haber visto La balada de Cable Hogue.
Saludos.

Javier Simpson dijo...

Desde luego, Manderly, tienen más de comedia que de western.
El club social a veces tiene un surrealismo que te deja descolocado. Le sienta muy bien. Muy de acuerdo con eso que dices también acerca de Ciudad sin nombre, su humor contagia todo lo demás... graciosísima, una maravillosa peli con un inconmensurable Lee Marvin, el inmoral :-P
Un abrazo. Gracias por comentar.