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martes, 29 de enero de 2013

Western con sentido del humor

Lee Marvin en La leyenda de la ciudad sin nombre

El western se suele identificar con la aventura, la violencia, la astucia, valentía o fuerza de los personajes que lo configuran. Es habitual que haya malos y buenos enfrentados, individualmente o en grupo. Hay constantes como los duelos, las peleas a puñetazos, tiroteos, hombres a caballo a trote, o al galope si son perseguidos poco después de haber cometido un atraco calculado al banco local e intentan salir del pueblo llevando tras de sí a un grupo de lugareños entre los que normalmente se encuentra el sheriff del pueblo, cuyo banco acaban de atracar, y sus ayudantes.
Hay en ocasiones sentido del humor, como no podía ser menos, pero ese factor no suele ser determinante en la historia ni esencial en su cometido, creo que ese aspecto correspondería más a la aventura y a la acción en mayor o menor medida, aunque también es cierto que hay westerns cuya esencia es otra. En Jhonny Guitar, por ejemplo, hay un intimismo que se explota y en Sólo ante el peligro no hay precisamente aventura ni tampoco demasiada acción, aunque sí mucha tensión y suspense.

De cualquier manera, y aunque el humor no sea objetivo primordial de los westerns, más bien lo es de las comedias como todos vosotros ya habréis pensado sin demasiada dificultad, hay películas que mezclan oportunamente y sin ningún disimulo, encajando no del todo mal, el género del western con el humor. 



Si Luis Buñuel tiene una película titulada Simón del desierto, Peckimpah tiene otra que en España bien se  podría haber titulado Hogue del desierto.

En esta película de Sam Peckimpah el humor viene determinado por la socarronería de sus escenas y por  unos personajes que ayudan en el desarrollo de ese espíritu que se le quiere imprimir a la historia.

No sólo nos encontramos con un protagonista, Hogue, excéntrico, tacaño y con un cierto primitivismo, pero  de buen fondo y corazón tierno, que en su actitud poco amistosa, sobre todo al iniciarse la aventura, manifiesta un contraste que descoloca y nos hace sonreír sino también a un reverendo que no parece serlo por su picardía y esa atracción hacia el género femenino imposible de controlar.
La tacañería de Hogue por preservar lo que la suerte le ha concedido resulta hilarante. Su aparición en la ciudad, que representa la civilización, es todo un espectáculo, exótico y divertido para alguna de la gente del lugar, esperpéntico para los más remilgados. Él es un inadaptado para manejarse en la ciudad y se encuentra torpe en ella; no es su medio y eso produce un caos que nos vuelve a resultar gracioso. Lo suyo no es la civilización. Es por eso que prefiere el desierto y la soledad, o una compañía mínima que le agrade. El negocio caído del cielo es, pues, una bendición.


Oráculo Jones en La batalla de las colinas del whisky

Su encuentro con la mujer en la ciudad está lleno de sinceridad desde que la ve por primera vez pues no esconde sus emociones. Hogue irá a por ella en todos los sentidos. El tratamiento desinhibido del sexo y la ternura, con un algo de pillería y tosquedad, son una herramienta más y muy adecuada para resaltar el sentido del humor. En la ciudad provocará un tumulto por la reacción de la mujer cuando quiere cobrar las atenciones prestadas y el hombre no está por la labor de pasar por caja. Necesita el dinero para continuar con el nuevo negocio montado en el desierto.

Cualquier situación que pudiera ser en otro film cualquiera de tensión, en La balada de Cable Hogue pierde su dramatismo por su tono complaciente y siempre divertido. Si me preguntasen por el género, yo etiquetaría la película como una comedia-western intimista-medio costumbrista con ramificaciones románticas y con un poco de aventura y acción. Spoiler (No leer el spoiler en color azul para no descubrir partes de la película) Y es que hasta la muerte de Hogue se convertirá en eso, en una comedia... la civilización convertida en un coche que se lo lleva por delante de una forma en la que parece que no se sufra lo suficiente. /Fin Spoiler

 
Jason Robards y David Warner en La balada de Cable Hogue

Un ya entrado en años James Stewart, que no ha perdido ninguna de la simpatía que siempre lo ha caracterizado, y un Henry Fonda con aspecto más joven que su compañero, pero maduro, formarán la pareja protagonista de esta simpática película de Gene Kelly titulada El club social de Cheyenne.

Este film se cuenta como los clásicos westerns de toda la vida, en el que no deja de existir ni el malo de la película (en este caso acompañado de gran parte de una familia muy numerosa). El tono divertido se sostendrá no sólo por los golpes de humor, como esos gags característicos del género de la comedia disparatada (el cascar piñones, creo que eran, en determinados momentos de la peli, repitiéndose en los momentos más (o menos) oportunos, el viejo momia tan gracioso que en un momento dado está demasiado estático y con su mirada fija, tan tieso que lo que le ocurre es que está muerto, etc), sino que se irá incrementando por las circunstancias que rodean el caso en el que John hereda un club de señoritas.
Una vez instalada la pareja protagonista en la casa, la coña será patente. John no esperaba heredar tal negocio. Cuando se entera la sorpresa es mayúscula y la circunstancia resulta hilarante. La madame lo querrá hacer sentirse como si fuera un miembro más de la familia, pero él parece tener la idea de no querer quedarse con el negocio. Es un hombre con su reputación y no pretende ser relacionado con tal club social. Su intención es clara: quiere despedir a las chicas.
Más humor al asunto: en el pueblo, al saber quien es John, la gente lo tratará con mucho mimo. Se convertirá sin pretenderlo en toda una personalidad...demasiado bueno como para dejar lo que parece un regalo, sin embargo lo hará porque tiene sus principios y en éstos no entra el regentar un club de chicas de vida alegre. Cuando se entera la gente del pueblo del cierre, el trato hacia John cambiará radicalmente; ya no es bien visto y no tiene el acceso a ciertos privilegios con los que contó durante poco tiempo, mientras ejerció de patrón del club, sin quererlo y sin que la gente supiera que era su intención. Esto me hace pensar en la labor social del club en sentido literal del término. En esta ocasión lo moral transgrede lo convencional.

La delicadeza, belleza y dulzura de las chicas (o picardía cuando es necesario), añadido al buen trato hacia la pareja de amigos, harán que se produzcan situaciones de humor cuando John quiere darles la mala noticia del cierre y no sabe como hacerlo sin herir sus sentimientos. Una vez tomada la decisión de cerrar una conmoción se apoderará de las chicas, que no se alegran precisamente.

El humor también se da de una forma evidente en la relación que mantienen John y Sullivan (Henry Fonda). Es una relación particular y muy graciosa. Sus personalidades difieren bastante, pero se acoplan de una forma sorprendente por la gran camaradería que existe entre ambos. La interacción entre ambos da mucho juego, además del desconocimiento que tiene John de gran parte del pasado de Sullivan. El que Sullivan siga a John sin que éste se lo hubiera pedido nunca ayudará a hacer más surrealista la relación.


El coronel Thadeus Gearhart interpretado por Burt Lancaster

En La batalla de las colinas del whisky todos están locos por el whisky. Los indios lo veneran, y en un final absolutamente desmadrado contemplamos una orgía festiva de dicho licor al que ellos llaman, y es por todos muy sabido, agua de fuego. Es como si los indios adoraran dicho fluido que provoca unas reacciones de alegría incontenibles y un estado somnoliento embaucador, es como si su existencia girara alrededor del alcohol.

Esta peli es un lío de padre y muy señor nuestro, un desbarajuste simpatiquísimo, tan simpática como el personaje del coronel que interpreta el gran Burt Lancaster, Thadeus Gearhart.

El desencadenamiento de la acción se produce cuando hay una falta de whisky en la ciudad de Denver. Allí los mineros se enteran de que en no demasiado tiempo se acabará el licor. La llegada del invierno puede hacer que no se pueda traer el whisky hasta la primavera, si no hay suerte hasta bien entrada dicha estación. Pero ya hay una expedición en marcha, un convoy de carretas en la que se transporta.

El whisky será el desencadenante de conflictos entre grupos de gente heterogénea que por uno u otro motivo tendrán un acercamiento a él desde diferentes posiciones. Por un lado los mineros de Denver, muy interesados en poder beberlo en los bares cuando salen a divertirse después de un duro trabajo en la mina; éstos formarán, bajo los iluminados consejos de un personaje especial llamado Oráculo, una milicia civil que saldrá al paso del convoy que trae el alcohol. Por otro lado tenemos al dueño del licor, que lo transportará en sus carretas y que cuenta con la ayuda de unos irlandeses que, no contentos con las condiciones laborables que tienen, le plantan cara al dueño y quieren hacer una huelga al no aceptar sus reivindicaciones. Esto está muy gracioso porque se comportan como si formasen parte de un sindicato inglés de finales del XIX en plena lucha de clase. Pero aún hay más, mucho más, porque también hay un grupo de mujeres  feministas que luchan contra los efectos no sólo físicos sino morales que causa la ingesta del alcohol. Es un grupo prohibicionista que no deja de dar el incordio durante todo el metraje y cuya líder tiene tanto interés en el coronel del fuerte en el que paran para celebrar la reunión que toca como en su misma asociación, un interés bien escondido durante la primera parte del film, pero que aflora en el último cuarto de metraje. Este grupo, al enterarse de que un convoy con whisky va en camino de Denver, saldrá a su encuentro para detenerlo, pero en el camino hay indios interesados en el agua de fuego y no dejarán pasar la oportunidad de conseguir el preciado líquido. Es por tal motivo por el que el destacamento segundo de caballería del fuerte escoltará al grupo activista de mujeres que no dejan de cantar una y otra vez durante el viaje. Pero antes, otra columna, la primera de caballería, ha salido también al encuentro del convoy para asegurarse de que todo va en camino y seguro. Y los indios por ahí andan esperando salir en busca del convoy... hasta que se juntan todos y arman un buen lío, no sólo por coincidir en un mismo espacio con propósitos diferentes, muy enfrentados, sino porque en ese momento una tormenta de arena hace que todo sea pura confusión. Tal situación generará alguna que otra carcajada mezclada con incredulidad.

En La batalla de las colinas del whisky el humor viene marcado por aspectos como que el personaje del coronel resulte bastante simpático, por la actitud incívica y granuja de los indios y su comportamiento tan fanático a la hora de relacionarse con el whisky, por otros personajes que le aportan humor y que resultan bastante entrañables, como Oráculo Jones y su interés desmedido por el whisky, tanto interés como el que tienen los indios, pero que se acerca a él (y lo consigue) con más picardía aún, sabiendo moverse mejor y más sigilosamente hasta el punto de hacerse amigo del mismo transportista empresario para conseguir sus objetivos. Este Oráculo servirá tanto para un roto como para un descosido. Es adivinador del futuro y en Denver los mineros lo tienen en alta consideración, hace de guía cuando la milicia ciudadana sale en busca del convoy, aunque se esconda como una comadreja cuando atacan los indios, o se junta al empresario que lleva el alcohol, haciéndose amigo de él, para no perder el rastro y no quedarse fuera de juego sin una buena parte de la mercancía.



Lee Marvin, Clint Eastwood y Jean Seberg en La leyenda de la ciudad sin nombre


Que los trabajadores irlandeses que llevan el whisky se pongan en huelga, y las mujeres prohibicionistas se unan a ellos en la protesta tiene su coherencia, pero no deja de ser hilarante, como lo es la reacción desmedida de rabia del empresario transportista cuando siente que le roban, un buen ejemplo de lo que es un capitalista al que le quieren llevar lo que es suyo, o cree que es suyo, o la tremenda incoherencia que se produce cuando la líder prohibicionista, protagonizada por Lee Remick, se pone a beber whisky delante nada menos que del coronel, un aficionado a la bebida. Pero su humor también vendrá por el contraste entre el coronel y la líder prohibicionista, entre alguien al que le gusta pimplar de vez en cuando y una mujer que critica esa costumbre que degenera al que la lleva a cabo; esa antítesis tiene gracia, y más cuando ese grupo de féminas prohibicionistas, que son tratadas como si de una plaga se tratase, no dejan de ser un incordio para el coronel.

El humor de La batalla de las colinas del whisky no es burdo, grueso o zafio; posee cierta finura que va desde lo surrealista a lo payaso, algo que le da una configuración especialmente llamativa que tiende a un disparate no del todo descontrolado, como sí podíamos contemplar sin embargo en pelis como Los hermanos Marx en el Oeste (peli que muy bien podría haber entrado en el presente post, u otra a la que le tengo muchas ganas El día de los tramposos, de Mankiewicz). Hay situaciones de comedia muy identificables, a veces incluso de cine mudo, o ridículas, que están muy bien incrustadas en un guión que sólo con contarlo ya te produce una gran sonrisa.



Jodie Foster y Mel Gibson en Maverick

En la película de Richard Donner, Maverick, el humor llegará sobre todo por la simpática figura del jugador de póker Bret Maverick, un granuja que hará lo indecible, con bastante astucia y agilidad, para participar en una timba que se celebrará próximamente en un barco fluvial que recorre el río Mississippi (¡cómo no!).
Algunos detalles iniciales, como su aparición en un pueblo montado en un burro al que va a parar para jugar, juegan, valga la redundancia, en favor de su humor, y más si luego Maverick vende dicho animal por un misero dólar para decir a continuación que lo hubiese regalado si nadie le hubiera ofrecido tan mísera cantidad de dinero.
El hombre se montará unos números de los más singulares, a veces espectaculares, para hacer creer a la gente que es alguien que en realidad no es, un pícaro a la altura de los mayores aventureros; se me viene ahora mismo a la cabeza al mismísimo Indiana Jones; pero con un añadido que le da una personalidad tremendamente atractiva y simpática: es un tío taimado hasta la médula.

Hasta que aparece Annabelle Bransford, la chica que interpreta Jodie Foster, alguien tan encantadoramente embaucadora como el mismísimo Mavercick, hijo en este caso, el padre aparecerá más tarde, y todos comprobaremos los parecidos entre ambos, en un papel interpretado por James Garner, al que años atrás vimos protagonizando la serie de TV en la que se basa la peli. La relación entre Gibson y Jodie Foster, que por cierto es una jugadora como Maverick, aparte de ladrona, tiene momentos simpáticos de un tira y afloja bastante divertido. Su primer encuentro-desencuentro (con besazo incluido) hace que la sinergia prometa.

Un aspecto imprescindible, como en otros films comentados en esta entrada, que hace darle más humor a la película es que cualquier situación, por muy tensa que en teoría pudiera ser, como un atraco, llega a producir hilaridad, es chistosa, sobre todo interviniendo Maverick en ella, alguien que se toma la vida como un espectáculo en el que no sólo engaña sino que siempre sale airoso, aunque en ocasiones lo que arriesga lo lleva a situaciones límite.



John (James Stewart) y cía femenina en El club social de Cheyenne

Naturalidad en el humor es la sensación que transmite La leyenda de la ciudad sin nombre, un humor nunca rebuscado, surge de la misma idiosincrasia del film de Joshua Logan como si de una comedia pura se tratara. Es como si  se mantuviese el sentido del humor en una película de John Ford, muy conocido en la mayoría de sus trabajos, durante todo, o la mayor parte, del metraje y los acontecimientos no salieran de ese tono. A la comedia se le unirá, además, lo musical. En los temas cantados el humor no decae, como cuando se acerca la diligencia con las prostitutas, o como cuando el reverendo, despreciado (de una forma cortés y amable, eso sí) por los mineros, canta contra el vicio de la depravada ciudad.

El personaje interpretado por un excepcional Lee Marvin, en un papel que ofrece descaro y simpatía, pecador como pocos, pero pragmático en su inmoralidad, es el hilo conductor y el mayor reclamo del film. El humor partirá en la mayoría de las ocasiones de él y se irradiará como una central nuclear alrededor del abrasador foco de calor.

Una población surgirá cuando se descubre oro, un lugar al que se llamará La ciudad sin nombre, población masculina (menuda coña). Pero aquello está aburrido y la llegada de un mormón con sus dos mujeres y el hijo pequeño de una de ellas provocará el interés de los habitantes de la ciudad. En la estampida para recibir a los nuevos visitantes se enterarán de la situación de los recién llegados; al poco tiempo comenzarán a creer que aquello no vale allí ya que no hay mujeres y sí muchos hombres, y alguien por muy mormón que sea no puede tener más de lo necesario... con lo que se subastará a una de las mujeres, la que no es madre; en la pugna Ben (Marvin) la comprará cuando tenía una cogorza de consideración. En el casorio, como no: fiesta, canciones, coña mineril, pero con respeto hacia los contrayentes, aunque se le cuente algún que otro chiste insinuando los atributos de la recién estrenada esposa (por contrato comercial más bien, eso sí).
En la noche de bodas la población minera será paciente espectadora fuera de la casa en la que se encuentran los recién casados. Querrán ver como les fue, querrán admirar a la novia recién salida de la cama y el semblante del afortunado esposo.

El humor de La leyenda de la ciudad sin nombre nace igualmente de los contrastes, de unas diferencias evidentes, entre la personalidad y sentido moral de Ben y los de Socio (el granjero protagonizado por Eastwood no es precisamente vicioso). A pesar de ello se convertirán en socios, algo de lo poco que cumple y respeta Ben en esta vida ( y Socio será el nombre con el que a partir de entonces usará Lee Marvin para referirse a Clint Eastwood). Éste sólo tendrá que cuidar de Ben cuando éste cuando lo necesite, en los malos momentos de borrachera y melancolía, cuando quiera hablar con alguien para espantar la tristeza.
 
La borrachera será, como no, el desencadenante perfecto para que la chispa de la fiesta se propague; en la flagrante diversión, el humor hará acto de presencia sin disimulos. Los festejos no siempre terminarán bien y cualquier minucia será un buen pretexto para que comience la pelea.

Los celos de Ben provocarán por sí solos la hilaridad entre los mineros (y por supuesto entre nosotros). Las situaciones y consecuencias de los celos llevarán a plantearse lo que en principio parecían majaderías, pero que no lo parecen tanto cuando Marvin convence con su elocuencia de que traer prostitutas a la ciudad haría que los hombres se desahogaran y la ciudad floreciera. Todos parecen estar de acuerdo, incluso los que en un primer momento lo habían catalogado como un auténtico loco depravado.


Jason Robards y Stella Stevens en La balada de Cable Hogue, de Sam Peckimpah

La escena de la declaración del amor que sienten entre sí el socio y la mujer de Ben está verdaderamente graciosa... “¿Y por qué una mujer no puede tener dos maridos, quién lo prohíbe, y más en un sitio como La ciudad sin nombre?”. ¡Viva la incivilización!, proclamará Marvin... el alcohol y la emoción del momento harán que Socio cambie la idea que tenía de la moralidad y, en lo que le toca, decida “colaborar”, pero muy gustosamente. La ciudad sin nombre se irá convirtiendo aceleradamente en la nueva Sodoma y Gomorra. Un reverendo que predica el bien en una ciudad de vicio e inmoralidad le recordará a la población ciega de lujuria las consecuencias de sus actos; pero los mineros se reirán de sus palabras.

Será en el tramo final del film cuando la faceta más pícara de Ben salga a la luz. Una red de túneles por todo el pueblo, pasando por todos los locales de juego y señoritas, en los salones donde el oro que cae al suelo se filtra por las rendijas de la madera, se utilizará una vez estén escavadas las galerías para adquirir ese maravilloso oro que parece cegar a quien entra en contacto con él como si del anillo del Señor de los anillos se tratara.
El hundimiento apocalíptico del pueblo después de que el reverendo se lo pidiera al Señor es verdaderamente desternillante, magistral. La coincidencia es totalmente acertada, se produce en el momento preciso y recrea una escena espectacular y magnífica en cuanto a lo que tiene que ver con el humor.

domingo, 20 de enero de 2013

Django desencadenado/ Quentin Tarantino/ Estados Unidos 2012



Tarantino vive de homenajes, ese es el hábitat natural en el que desarrolla su mejor cine. Creo que no sabría hacerlo de otro modo para que resultase igual de atractivo, aunque con una serie de matices que favorecen o perjudican el resultado final. En esta ocasión el homenaje es al spaguetti western, un género de gran afectación que se recrea en la violencia, uno de los aspectos que siempre ha tenido cabida en él. El que los protagonistas sean un negro que va a caballo, ¡ y lo que sorprende entre quienes lo ven! , y un alemán dentista de profesión, o al menos eso dice él, pero que ya no ejerce porque ahora se dedica a trabajar de cazarrecompensas, con la ayuda de Django, quien a su vez se convertirá en un gran pistolero cazarrecompesas cuando vaya aprendiendo el oficio en compañía de su compañero teutón, ayudará a que las constantes del género, y la violencia también, como no podía ser menos, se desarrollen sin ningún tipo de dificultad ni disimulo; Tarantino va a lo sencillo, aunque tunee (por lo de llamativo y extravagante) la propuesta con innumerable anecdotario tarantiniano (la carroza-odontológica es un ejemplo, o el traje que se pone Django para la representación que le sugiere su compañero y lo que viene a continuación en las tierras del personaje interpretado por Don Johnson, o mismo, y siguiendo con el protagonista de la popular serie ochentera Miami vice, la parodia que trata de ridiculizar al Ku Klux Klan, con las capuchas y los malos resultados en cuanto a la visibilidad que éstas ofrecen para actuar adecuadamente en la caza del negro, y el alemán que en este caso lo acompaña). Algunas veces la violencia en el spaguetti es ofrecida de un modo contundente, sin ninguna contemplación, salvaje incluso, otras con una chulería desacostumbrada, algunas otras alargando los tiempos y recreando un juego de la tensión que llega a desquiciar; en este caso el tratamiento del ritmo es fundamental. Tarantino sabe cómo manejar esos ritmos como nadie y en Django desencadenado ofrece una exhibición, algo que ya sabíamos de antemano y que es marca de la casa. Todos esos rasgos característicos del género del spaguetti western que tienen que ver con la violencia  los pone el director a disposición de una historia sin demasiado interés en cuanto al fondo, una historia con un mensaje en el que no hay mensaje, una historia violenta en la que, otra vez, tiene cabida la venganza y en la que vuelve a hacer alarde de su humor característico; sólo que en algunos de sus films dicho humor encaja casi como un guante, como la música, pero en otros sólo hasta un punto...como la música tan heterogénea que se siente, aunque bastante chula si la oyeses en una emisora de radio con cierto gusto...

Si el fondo no interesa y podría ser producto de una mente con infantilismo manifiesto (y lo digo sin falta de respeto, sólo intentando analizar lo que creo que es su cine), pero hecha por un adulto al que le fascina la violencia y que tiene su bagaje pseudointelectual, algo que no ayuda (¿o sí? Quién sabe) para hacer algo más serio o medianamente reflexivo, no ocurre lo mismo con las formas y su estructura narrativa, en la que tiene cabida un gran guión (aunque no llegue a la altura del de Pulp fiction), dosificado con un ritmo en el que Tarantino es una estrella que brilla como ninguna otra y en el que aparecen de vez en cuando unas imágenes preciosistas de un esteticismo asombroso, precisas y equilibradas hasta el más mínimo detalle, de una evidente fuerza en la puesta en escena y engrandecidas en todo lo que tiene que ver con lo visual, aunque se pueda entrever en no pocas ocasiones un posismo (No miréis en el diccionario de la RAE, no creo que aparezca) heredado del cine que más le gusta, que seguramente sea el que más le interese también (spaguetti incluido), y que no deja de ser sinónimo de antinaturalidad, de afectación, como ya comenté antes, pero que resulta y engancha casi, casi de un modo perverso.


En Django desencadenado Tarantino se vuelve a repetir. Sus películas son prácticamente copias con distintos formatos, o sea: de distingo género. Sus personajes son arquetipos, moldes de los que salen como rosquillas  facturadas para la diversión de sus incondicionales, pero que a mí, personalmente, comienzan a cansarme. La verborrea dialéctica de unos se repiten en otros, como su estilo o sentido del humor; hablan y razonan de la misma forma, se comportan de un modo parecido, son resueltos y duros, casi indestructibles, los que llevan a cabo la venganza habitual en sus diferentes modos, se parecen hasta el cansancio cogiendo rasgos de unos para trasladarlos a otros o compartiendo las mismas características. La primera, la segunda vez te llamaban la atención y te gustaban, te reías mucho, ahora ya te los sabes y no deja de haber cierta decepción, aunque no deje de asomar de vez en cuando una sonrisa o carcajada por un desenfado tan bestial. Lo mismo ocurre con el uso de la violencia en la que se recrea como si de un niño medio sádico se tratara (y sigo sin pretender faltarle al respeto), influenciado seguramente no sólo por su mentalidad poco madura sino por su cultura de videoclub friki-undergruond que no deja de tener su fascinación, pero con la que no se debería uno quedar tan sólo, eso es limitarse demasiado.




Y en cuanto al “abuso” de esas escenas que se alargan o se inflan como si de un súperchicle se tratara y en las que hay diálogos ingeniosos llenos de chispa y originalidad, decir que hay que tener virtudes de estilo y ritmo para que no desesperen tanto y te interesen hasta el final. A pesar de dicha reiteración tan conocida, Tarantino construye un micromundo en tales escenas, son como un algo aparte, llenas de matices, se recrea en su dialéctica, en la tensión y en el humor, en la atmósfera y el clímax que casi consiguen que nos salte el corazón de la caja torácica. Su pulso narrativo en tales escenas es firme, su descaro divertido, refrescante y gracioso, su ambiente de una densidad dramática que puede atenazar. Logra que nos sintamos dentro y suframos con los que no parece que estén en buena situación, los buenos, o con los que no se sabe la forma en la que acabará su vida, los menos buenos.




Me gustan muchas de las partes de Django desencadenado, brillantes, de una gran concepción cinematográfica, muestra de un gran talento para el cine; pero no me convence tanto la totalidad, el conjunto, por tanta heterogeneidad, como ya comenté antes en relación a la música que nos brida. Esta peli, como otras de su filmografía (algunas más que otras) son homenajes que a pesar de tener grandes aciertos, como el ritmo, tienen aspectos que le pesan, como el fondo de lo que cuenta o como quiere meter demasiado talento cinematográfico en algo a lo que le vendría bien más mesura y cohesión (creo que pedirle eso a Tarantino sería imposible y, a buen seguro, de ser así ya no sería Tarantino en su esencia).

Hay aclaración en mi segundo comentario que viene abajo (en negrita y cursiva). Gracias.

Estreno Cine 
 

martes, 15 de enero de 2013

Tierra en trance/ Glauber Rocha/ Brasil 1967



El director brasileño Glauber Rocha nos vapulea con una reflexión trágica sobre la política, el poder y las necesidades de un pueblo que parece estar adormecido, un pueblo indolente al que le cuesta cobrar protagonismo en sus emergencias sociales de pobreza y desigualdad.
Hay un componente de desgracia en lo contado, de una profundidad considerable, de una poesía existencial que habla sobre el sufrimiento, sobre la necesidad de un cambio de conciencias para activar la acción política que permita la esperanza de un pueblo pisoteado, humillado por indeseables políticos corruptos capaces de lo que sea con tal de estar en la brecha, como será el caso del oscuro personaje de nombre Porfirio Díaz. Y todo contado excesivamente, de un modo simbólico, y en muchos momentos con una teatralidad que podría recordar a Fellini. Si a este exceso medio felliniano en alguna de sus formas se le añadiera lo ceremonialmente existencial que podría recordarnos a Igmar Bergman, el resultado sería Terra em transe, pero con toneladas de conciencia social, esa que pretende echar a un poder corrupto que va en contra del pueblo y a favor del capital más deshumanizado.


 


En otro tiempo el escritor y periodista Paulo Martins estuvo en la órbita del político Porfirio Díaz. Entre ellos surge una amistad engañosa, sobre todo para Paulo, aunque un tiempo después se corte de raíz. Los dos critican al pueblo, pero desde distintos enfoques. Al político el pueblo le asusta porque lo considera ambicioso y malo, vengativo, sin ninguna capacidad para emprender nada noble que ayude a la nación. La suya es una visión totalmente negativa, defensiva, en la que existe una autoridad que puede ejercerse sobre él por su inferioridad. La concepción en el presente del pueblo que tiene el protagonista, el librepensador y de tendencias anarco-revolucionarias, Paulo Martins es negativa, pero esperanzadora si prendiera la llama de la lucha y la conciencia, difícil eso en un pueblo ignorante y esclavo. Curiosamente la cultura y las ideas progresistas que querría Paulo para su pueblo vienen desde fuera, pero desde el extranjero también viene la explotación y el proceder corrupto.


 
Paulo desea formar parte de una élite política que se empapa de una cultura extranjera para “despertarse” y poder cambiar algo, como querría que ocurriese con su pueblo, pero se da cuenta de que ahí, en las alturas, existe algo peor que la ignorancia, más pútrido e indeseable... Él cree que el pueblo humilde está dormido, sin conciencia de lo que realmente le ocurre ni ideología que lo anime a la acción; aunque también cree que con un buen mensaje los dormidos se pueden despertar, la conciencia y las aspiraciones pueden cambiar. La religión que abraza el pueblo no es sino un impedimento para que sigan anestesiados. Paulo sentirá la indignación más profunda por una cultura religiosa que hace a la gente más sumisa; pero el escritor no quiere eso, quiere activistas, gente concienciada que anime a cambiar a los que aún no lo están. Es por este hecho, y haciendo un ejercicio de pragmatismo, como Paulo se une al proyecto del político populista, pero sincero (aunque a veces tenga flaquezas motivadas por presiones de poderosos políticos y empresarios), Vieira en la región de Eldorado, un hombre que pretende ayudar a los necesitados y devolverles la ilusión en un lugar en el que  Porfirio Díaz, junto a las ladronas multinacionales extranjeras,  es dueño y señor con su empresa  La explint, aliado en un último momento de “peligro” con otro empresario que se tenía por patriota y hombre de izquierdas, un individuo que pretendía competir con esas empresas extranjeras que arruinan al país, pero que a la hora de la verdad se deja comprar y se une a Díaz, o por miedo o por bajos principios morales (yo más bien creo que por este último motivo; me da que Julio Fuentes, que así se llama este empresario autóctono, se deja convencer porque es un corrupto)




Será con Vieira con el que habrá alguna posibilidad de cambio, un cambio con mensaje reivindicativo y progresista, por eso Paulo se une a él, con el incentivo de Sara, de la que está enamorado (una fiel colaboradora de Vieira).

Es triste como asesinan a un hombre que se atreve a decir la verdad de lo que pasa: que su familia pasa hambre y sus hijos se mueren, que la casa en la que viven los suyos es poco menos que una cabaña y que las tierras de las que habían vivido desde siempre se las quitarán ahora unos hombres que vienen desde fuera sin muchas ganas de solidarizarse con nadie. Y al pobre hombre, muerto y con la esposa llorándole entre sus brazos, se atreven a llamarle extremista los colaboradores y simpatizantes de los dueños de todo, incluso de sus vidas. ¡Increíble! Pero también terrible.



martes, 8 de enero de 2013

Duplex/ Danny DeVito/ Estados Unidos 2003





Comedia del hilarante Danny DeVito con un esforzado Ben Stiller (sabía que DeVito era alguien importante en la comedia norteamericana, con la  joya La guerra de los Rose como abanderada de un cine desvergonzado y con su acidez, dependiendo su grado si era el de la ya mencionada y algo nostálgica La guerra de los Rose o la más descarada y gamberra Tira a mamá del tren) y una dulce y más que comprensiva Drew Barrymore, que se irá transformando gradualmente a lo largo de la película en una desquiciada, al igual que su marido Alex -Ben Stiller -, y con unas tendencias lógicas homicidas que vuelven a coincidir con las de su marido.


El cine de Danny DeVito se encasillaría dentro del género de la comedia negra, con aspectos misóginos mezclados con egoísmo que justificarían el odio y los comportamientos violentos de algunos de los personajes.
El contraste entre estos dos géneros tan contrapuestos (comedia pura y dura, y cine de terror) dan juego a la hora de crear situaciones grotescas, gamberras, a veces surrealistas, pero también entrañables al juntarse todo tipo de sentimientos, los más perversos y negativos con los mejores, algo que hará sentir más cercanía y entender mejor el comportamiento de cualquiera de los personajes que se deciden (o no, aunque estén a punto) a actuar tan vilmente, pero que en el momento justo de tener que actuar se desprenden de ese diablo que cualquiera de nosotros llevamos dentro para sacar el aspecto más humano de uno mismo. 





Otras comedias de este tipo, y con señoras de una cierta edad haciendo maldades o chafando los planes de otros (como sucede en Duplex, o en Tira a Mamá del Tren), ha habido a lo largo de la historia del cine; recuérdese sino Arsénico por compasión, o la más reciente Ladykillers, de los Coen, con un Tom Hanks absolutamente desternillante en su verborrea intelectualizada.


En Duplex las situaciones no llegan a ser tan redondas como en La guerra de los Rose. Es más sal gruesa y caras de Ben Stiller que otra cosa; éste está intensísimo en algunos planos, con expresiones que ni el mismísimo Jim Carrey conseguiría (éste exageraría mucho más, seguramente, pero no lograría ni la gracia ni la simpatía que desprende Stiller, aunque en esta peli también exagere lo suyo). Y estas situaciones que van a más se mezclan con algo de humor escatológico (muy del agrado del cine comercial de comedias actuales y, por ejemplo, de los Farrelly, pero éstos utilizándolo con más descaro y sin cortarse absolutamente nada) y disparate un tanto contenido (ni el disparate de los Farrelly ni la elegancia e hipocresía que se vio en La guerra de los Rose)

jueves, 3 de enero de 2013

El demonio de los celos/ Ettore Scola/ Italia 1970

 

En esta comedia de Ettore Scola, Marcelo Mastroiani está de un gracioso subido no sólo por lo que hace, las situaciones a las que se enfrenta y el modo de acometerlas, sino por esa pinta tan desaliñada y de un bohemio-proletario que llama la atención (el hombre es del Partido Comunista Italiano). Mónica Vitti es una buena partenaire, que hace perder los papeles a Oreste (Marcelo) a causa de unos celos más que justificados provocados por ella y por otro hombre que trabaja en una pizzería y en el que se ha fijado la mujer, en una relación triangular muy made in Italia llena de pasión, humor y surrealismo.



El estilo de esta simpatiquísima comedia, y alguno de los temas que toca, podría recordar películas españolas del mismo género hechas durante el franquismo en las que gente como Paco Martínez Soria Alfredo Landa eran iconos populares con los que nos reíamos (algunos más que otros), salvo en una diferencia sustancial, importante: la de Scola tiene ingenio a raudales y se ve sin que rasque en momento alguno, o al menos sin que lo haga de modo alarmante, sobre todo cuando en alguna que otra ocasión asoma la exageración más pintoresca de un país latino y mediterráneo (similar a España en tal sentido, sobre todo a la España mediterránea y del sur) en el que los sentimientos son como estallidos de pasión poco disimulada, y en donde el humor sustituye a lo trágico que pudiese traer un romanticismo con unos conflictos que no por ser tratados con poca seriedad dejan de tener su trascendencia al retratar hechos universalmente reconocibles que algunos de nosotros, de un modo u otro, hemos experimentado.



Scola pone a sus personajes en situaciones al límite del aguante emocional y los enmarca no sólo en escenarios poco ideales, o anti ideales, trasgrediendo conceptos de lo que se supone es una relación amorosa, como merendar en un vertedero de basura (algo que no es precisamente el súmmum del refinamiento), sino también en situaciones en las que mantener la normalidad es poco menos que imposible.


En definitiva: comedia italiana de un director especial, un gran director, que sabe lo que tiene entre manos y lo explota como pocos. Surrealismo divertido, alocado, pícaro y tierno al mismo tiempo, trágico, pero lleno de ironía y humor, y con la maravillosa excentricidad de unos personajes que la llevan (sobre todo Oreste) hasta sus últimas consecuencias.